
“Parece una novela de Alberto Migré”, suele decirse cuando una relación sentimental de la vida real tiene tantos condimentos que termina emulando a un culebrón. Autor y productor, el creador de éxitos como Pobre Diabla, Piel Naranja, La cuñada o Una voz en el teléfono, había nacido hace 95 años, el 12 de septiembre de 1931, en Buenos Aires. Y, desde muy joven, solía sentarse frente a su máquina de escribir Remington para crear esas historias de amor y desamor que terminarían conquistando a la televisión argentina.
La fórmula, de tan simple, era compleja de ejecutar. Siempre había diferencias sociales entre los enamorados y, por lo general, ella era la pobre y él, el rico. Aunque hubo excepciones notorias, como la de Rolando Rivas, taxista, quizá su novela más recordada. En ella, el protagonista, Claudio García Satur, se enamora de Solita Silveyra, en el papel de Mónica Helguera Paz, heredera de una fortuna pero desdichada al fin, dando lugar a una pareja icónica. Aunque, por lo general, el de estatus más alto era el hombre, y la mujer era quien esperaba ser rescatada por él, como en un cuento de hadas.
Obviamente, no podían faltar los villanos, que eran los que se oponían a ese amor dispuesto a superar todos los obstáculos, los accidentes y/o enfermedades que casi siempre afectaban a los buenos y unos cuantos otros agregados, que permitían que el público quedara atrapado capítulo a capítulo frente a la pantalla. Como años más tarde sucedió -y sucede- con ficciones importadas de México, Venezuela, Brasil o Turquía. Porque Migré tenía la receta para combinar estos ingredientes y así servir un producto irresistible. Aunque claro, en el ocaso de su carrera y frente a los nuevos mandatos televisivos, también se lo subestimó.
Criado en el seno de una familia de inmigrantes piamonteses, Felipe Alberto Milletari Miagro -tal su verdadero nombre- fue un niño actor. Pero no tenía los atributos como para triunfar en ese rubro, así que con el tiempo desistió. Llegando a la adolescencia, comenzó a trabajar escribiendo libretos publicitarios. Tenía que tipear unas 300 páginas por semana en una rutina por demás tediosa. Pero pronto comenzó a delinear su futuro de la mano de los radioteatros. Empezó como sonidista de Teatro Infantil Juancho, protagonizado por Chela Ruiz y Horacio Delfino y, tras un reemplazo de urgencia en ese ciclo, pasó a ser el encargado de elaborar los textos que otros debían interpretar.
Corrían los años 50 y, rompiendo con los esquemas reinantes, se animó a imponer el “vos” por sobre el “tú” que tan poco natural sonaba para los oyentes locales. Así, sus creaciones comenzaron a entrar en los hogares como si sus protagonistas fueran seres conocidos. Un pariente o un vecino. Porque en esa gente común, justamente, era en quien se inspiraba para sus historias. No estaba de acuerdo con los guiones corales. Para él, dos personas escribiendo el mismo libro eran una “multitud”. De manera que cada una de sus obras tenía su sello personal indiscutido. Y se notaba.
Entonces llegó la televisión, el lugar donde pudo desplegar con más herramientas su talento en ciclos como Silvia muere mañana, con Nora Cullen, Atilio Marinelli y Nelly Meden, o Amelia no vendrá, con Marinelli y Beatriz Taibo. El resto es historia conocida: una seguidilla de éxitos que lo convirtieron en el autor de telenovelas más importante del país. Y no solo eso, ya que también exportó creaciones como Alguna vez tendremos alas y Mundo de fieras, que se llevaron adelante en México, y Louca Paixão, en Brasil.

Lo cierto es que aquello que tanto había rendido durante décadas, a fines de los 90 empezó a parecer obsoleto. Había cambiado la forma de hacer televisión. Y esos culebrones clásicos, dignos de Migré, ya no eran bienvenidos. Él lo sintió como un golpe. De manera que, en 2001, volvió a buscar refugio en el radioteatro, con un ciclo semanal llamado Permiso para imaginar. Pero el proyecto tampoco tuvo buena acogida y, después de pasar por un par de emisoras sin mucha repercusión, terminó olvidado.
Sin embargo, el autor ya había marcado un hito en la historia del espectáculo. Escribió más de 700 guiones, entre los que figuran los de las ficciones más exitosas del país. “Yo no he escrito más que historias de amor. Creo las mismas historias de amor con distintos protagonistas”, decía. Y hacía sonar fácil aquello que, en realidad, era muy difícil. Porque, de lo que se trataba, era de que el público se enamorara de esas historias de amor, valga la redundancia. Y eso, que era lo difícil, lo logró con números de audiencia que llegaban a los 60 puntos de rating.
En 1997 recibió un Martín Fierro a la Trayectoria. A pesar de que el medio lo había relegado, fue ovacionado de pie por aquellos actores que habían tenido el honor de trabajar con él y por aquellos que se habían quedado con las ganas de sumar esa experiencia a sus respectivos currículums. Entonces, Migré dijo una frase que representaba la tristeza que escondía en lo más profundo de su corazón: “Este premio viene a recomponerme el alma, que viene bastante maltratada”. La realidad del país, según dijo, tampoco lo ayudaba.
Falleció el 10 de marzo de 2006, mientras dormía con la televisión encendida. Para entonces, Migré tenía 74 años y presidía por entonces la Sociedad General de Autores de Argentina, desde donde se ocupaba de defender los derechos de sus colegas. Lo llamaron “el señor éxito”, “el padre de la lágrima” y “el autor del amor”. “Si tuviera que escribir la novela de su vida, ¿por dónde empezaría?”, le preguntaron en una de sus últimas entrevistas. “La empezaría por el principio. Por las cosas que ya no tengo”, respondió.



