sábado, noviembre 7, 2026
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Un Papa apasionado por los autos, por la música y el día que lo dieron por muerto: las facetas desconocidas de León XIV

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Poco después de que Robert Prevost se convirtiera en papa, Armando Lovera, su amigo desde hace más de tres décadas, recibió la propuesta de escribir un libro sobre él (Agencia Andina)

Primero le pidió permiso.

Había pasado poco tiempo desde que la fumata blanca se había disipado en la Capilla Sixtina cuando en Valladolid, el noroeste Español, a un biblista peruano le sonó el teléfono.

Armando Jesús Lovera atendió. No era la primera llamada, y se sentía un poco desconcertado ante las solicitudes que se multiplicaban: la prensa había sabido muy rápido que compartía una amistad de treinta años con el flamante nuevo papa, León XIV, sucesor de Francisco. Él no sabía qué responder. “Pensaba: esta persona tiene muchos amigos, que pregunten a otros y yo me quedo tranquilo”, le dijo a la periodista Ana Sánchez de la Nieta, del medio español Aceprensa, que lo entrevistó en su casa.

Hasta que un llamado le tocó una fibra sensible que lo interpeló de otra manera. Era el director de la Editorial Mensajero, un sello fundado en 1915 por la Compañía de Jesús que tiene entre sus publicaciones más destacadas a la revista Mensajero, dirigida por los jesuitas; el Taco Calendario del Corazón de Jesús; la Biblia de Nuestro Pueblo, materiales que él edita o en los que está involucrado.

El pedido que recibió era parecido, pero diferente. Su respuesta, también lo fue: “Yo le dije que no iba a hablar y él me replicó: ‘Hombre, igual es una oportunidad de acercar al Papa a la gente, que conozcan que es de carne y hueso… quizás esa es tu misión, un servicio a la Iglesia’”.

Lovera, que lleva el nombre “Jesús” como algo más que una inscripción de su identidad cívica, se quedó pensando. Y resolvió que antes de decidir nada debía hablarlo con la persona a quien más atañía el asunto: el mismísimo Papa. Para él, su amigo entrañable, Roberto.

“No se lo podía pedir por WhatsApp”, contó al medio español, “así que me atreví a decirle ‘Santo Padre —porque así le llamo ahora, aunque a veces se me escapa el ‘Roberto’—, necesito hablar contigo dos minutos’”.

El mensaje llegó por la noche y la respuesta, un rato después: “Si estás despierto, llámame”.

El resultado de esa conversación devino en el libro De Roberto a León, un retrato del sacerdote agustino y de la persona detrás del hábito —sus gustos, sus gestos, su vínculo con las comunidades en las que sirvió, y las anécdotas en común— como solo un amigo podría narrarlo.

El papa León XIV saluda mientras sube al avión antes de su primer viaje apostólico a Uruguay, Argentina y Perú, en el aeropuerto de Fiumicino, cerca de Roma (REUTERS/Remo Casilli)

Fe, matemáticas, música y tuercas: una amistad de más de 30 años

Lovera repetirá ante grabadores y cámaras muchas veces lo mismo. Que la primera vez que vio a Prevost fue en el año 1991, cuando él era un adolescente de 17, en Colombia. Que él, que es de Iquitos, Perú, quería ser agustino, como quien se convertiría en Papa, y los agustinos de allí lo habían enviado al país cafetero a profundizar en ese proceso vocacional. Que cuando estaba en Colombia apareció el entonces padre Roberto, quien, con otros cinco chicos, iban a iniciar el noviciado.

En el primer instante hubo prejuicios. En aquella parroquia los jóvenes, aunque religiosos, tenían la rebeldía e inquietudes propias de la edad y cuando les contaron que quien los iba a formar era canonista, es decir, especialista en las leyes que regulan la organización y disciplina de la Iglesia Católica, Lovera pensó que se las vería con alguien acartonado, “muy protocolario, muy de normas”. “Pero en cuanto se presentó y conversamos, nos desarmó. Los prejuicios se cayeron al instante porque era una persona muy accesible”, explicó a la prensa.

También quedó impresionado ante sus respuestas frente a la situación del Perú y la valentía con la que recibía las amenazas de los grupos guerrilleros que controlaban las zonas en las que Prevost y otros misioneros desarrollaban su servicio. “Nos comenzó a contar, por un lado, cómo afrontaron en su momento el Fujishock”, la “terapia de choque” que consistía en un estricto programa de ajuste económico aplicado en Perú en 1990, al inicio del gobierno de Alberto Fujimori, para frenar la hiperinflación, “qué dinámicas promovieron en su parroquia y también cómo estaban afrontando la violencia de Sendero Luminoso a nivel comunitario”; “les recomendaban que se fueran, pero él y su comunidad decidieron quedarse. Y ese testimonio me impactó profundamente”.

Al año siguiente, en 1992, los dos se reencontraron en Perú cuando Lovera llegó a la casa de formación agustina de Trujillo, que estaba bajo la dirección del sacerdote Prevost. Desde ese momento y durante siete años compartieron una vida comunitaria que cimentó la amistad a base de experiencias y momentos juntos. Una que no se extinguiría con los años, las elecciones de vida, ni las diferentes geografías. “Encontré en él una calidez deslumbrante. Desde ese día pasó a ser simplemente ‘Roberto’, o el ‘padre Roberto’”.

Además de la vocación religiosa, Lovera y Prevost tenían otros gustos en común. Hacen esa lista las matemáticas —“era matemático. Y a mí las matemáticas me encantan. Eso también nos unió”—, la música —“a Roberto le encantaba la música. Empezamos a cantar juntos música peruana y también cantos agustinianos. Tenía muy buena voz y disfrutaba cantando con la gente. Teníamos la misma sintonía, y eso nos acercó más”—, y el amor por los autos —“a los dos nos gustaban los coches y conducir—”.

De estas aficiones, hay un poco más.

Otros amigos eclesiásticos comentaron sobre la pasión por los autos del pontífice y el hecho de que siempre prefería conducir él mismo antes de que lo llevara un chofer, lo que en Roma, cuando era cardenal, llamaba la atención. En argentino sería un auténtico “tuerca”.

La música, por otra parte, viene desde el vientre materno. Lovera cuenta en su libro que Mildred, la madre de Prevost, tocaba el órgano y había sido una contralto destacada en Chicago. Que incluso había participado del Chicagoland Music Festival en 1941, además de interpretar el Ave Maria en el servicio religioso de los domingos. El órgano eléctrico que le había pertenecido fue, tiempo después, a la casa de formación agustiniana que su hijo fundó en Trujillo. “Había algo de su madre, de su fe, que seguía sonando allí”, dijo Lovera. A quien, cuando Mildred murió, Prevost le encargó un favor sencillo y hondo, esos que solo se le encargan a los buenos amigos: que compartiera tiempo con su padre que luego de enviudar pasaba temporadas junto a ellos, en Trujillo. El sacerdote tenía mucho trabajo y descansaba en que Lovera podía ofrecerle la compañía que necesitaba cuando él no podía hacerlo. Las conversaciones entre Lovera y Louis Prevost —el padre de León XIV—, también se reflejan en las anécdotas familiares volcadas en el texto.

Mildred Martínez, madre de Robert Prevost, junto a sus tres hijos, en Estados Unidos

El día que lo dieron por muerto

Una de las anécdotas que el autor narra en el libro sobre su amigo es la del día en que muchos fieles de Trujillo creyeron que Robert Prevost había muerto.

El que había fallecido era un joven que aspiraba a agustino. Había sido víctima de un accidente de micro cuando viajaba a Lima para pasar fin de año. Sus padres, que vivían en una zona rural al norte de Trujillo, no tenían cómo ir a recoger el cadáver de su hijo y le pidieron al entonces sacerdote que lo llevara de regreso.

Prevost condujo más de dos mil kilómetros, ida y vuelta, para lograrlo. “Pero al hacer las gestiones apuntaron mal su nombre y lo incluyeron dentro de la lista de las víctimas”. Esa lista se publicó en un diario local de Trujillo.

“La gente, sobre todo la gente más pobre de la parroquia, al enterarse, se fue a la casa de los agustinos entre lágrimas y con el periódico en la mano para dar el pésame”, narra Lovera. La impresión debe haber sido mayúscula cuando el que los recibió al abrir la puerta fue el mismísimo Prevost.

El libro

Una amistad que resiste los títulos y los mapas

En 1999 Prevost fue destinado a Chicago. Entonces su amistad con Lovera continuó a la distancia, vía teléfono, mails (que para entonces comenzaban a ser cada vez más frecuentes) y, más adelante, por WhatsApp.

Lovera, por su parte, después de muchos años de oración y estudio, supo que su vocación no era la de misionero y también se fue de Trujillo.

En sus intercambios hablaban de lo que hablan los amigos: casa, trabajo, estudios, vínculos. En el año 2000, Lovera se fue a Bilbao a estudiar y, un año más tarde, en 2001, Prevost fue elegido General de los agustinos y se trasladó de Chicago a Roma. Cuando el Viejo Continente volvió a acercarlos, los reencuentros sucedieron con más frecuencia.

El maestro devenido en amigo, el sacerdote y misionero devenido Papa, fue quien lo casó, bautizó a sus hijas y no deja de responderle un mensaje aunque por día reciba kilos de correspondencia y amanezca, cada mañana, con la misión de apuntalar la fe del cristianismo en todo el mundo.

Por acciones como esa, por que, según Lovera, lugar donde haya ido las personas lo han querido (y ha ido a muchos lugares), el Papa nacionalizado estadounidense y peruano es esperado con gran expectativa en los países que visitará. Principalmente en el Perú, donde luego de dejar su ciudad natal, Chicago, se desempeñó como misionero y donde desarrolló gran parte de su ministerio pastoral antes de ser designado obispo de Chiclayo.

Por eso, mientras en Argentina se cortan las calles y crece la papamanía, allí, donde vivió por años, donde hacía parte —una importante— de su comunidad, donde lo recuerdan como un sacerdote migrante que ayudó a alimentar a familias hambrientas, entregó ayuda después de las inundaciones y acompañó a los refugiados, lo aguarda un pueblo para darle ese abrazo del reencuentro, ese que dice: “Bienvenido a casa. Gracias por venir”.

***

En aquella llamada, a poco de haber sido nombrado Papa, luego de aquel mensaje de Lovera: “Santo Padre, necesito hablar contigo dos minutos”, cuando le contó que le habían propuesto hacer un libro sobre él, León XIV respondió: “Confío en ti, eres mi amigo”.