domingo, octubre 11, 2026
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La maestra jardinera que se convirtió en ídola de la cumbia: cómo Gilda pasó de pedir permiso a que le pidieran milagros

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Miriam Alejandra Bianchi trabajó como empleada pública y maestra jardinera antes de iniciar su carrera artística

¿Quién iba a imaginar que esa pequeña que había llegado al mundo el 11 de octubre de 1961 en el seno de una familia tradicional de Villa Devoto, se iba a consagrar como una artista de la movida tropical para luego terminar siendo considerada una suerte de santa milagrosa?

Definitivamente, nadie.

De hecho, en la vida de Miriam Alejandra Bianchi, todo parecía estar encaminado hacia otro lugar. Podía ser maestra jardinera, como de hecho lo fue. Y una madre y esposa ejemplar. Pero parecía imposible que pudiera terminar convirtiéndose en una figura pública. Y, mucho menos, en un mito popular. Sin embargo, todo eso empezó a suceder desde el momento en que decidió dejar de lado su nombre real para empezar a llamarse Gilda.

Hija de Omar Eduardo Bianchi, un empleado público, y de Isabel Scioli, una profesora de piano, la niña era la mayor de dos hermanos. Desde chica, se había mostrado interesada por la música, inspirada en su madre que se pasaba horas tocando su instrumento. Pero una cosa era ser maestra y otra muy distinta, subirse a un escenario. Así que cuando Miriam insinuó que quería dedicarse al canto, su familia se opuso terminantemente. Las presentaciones nocturnas y las giras, estaba claro en sus prejuicios, no eran para una mujer decente como ella.

Para colmo, cuando ella tenía apenas 16 años, su padre sufrió dos ACV. Y a ella no le quedó más remedio que tomar su lugar en la Dirección Nacional de Rentas para poder llevar ese sueldo a su casa. Así fue como, resignada a un futuro de monotonía, terminó dejando de lado su sueño y su vocación. Cuando la situación económica se lo permitió, empezó a estudiar magisterio transformándose en esa mujer que todos esperaban que fuera. De hecho, en 1984, se casó con su novio de siempre, el empresario Raúl Cagnin, con quien tuvo dos hijos, Mariel y Fabrizio. En definitiva, hizo todo lo que frente a la vista de los otros “estaba bien”.

Gilda junto a sus dos hijos, Mariel y Fabrizio

No era infeliz. O tal vez sí, pero no lo decía. Tenía una vida normal. Trabajaba, criaba a sus hijos, compartía momentos agradables con su marido y pasaba mucho tiempo en su casa. Sin embargo, en lo más profundo de su corazón, había una llama que había quedado encendida y que, aunque lo intentaba, ella no podía ocultar. Fue un aviso en el diario el que hizo espabilar a su artista dormida. Pedían vocalistas femeninas para un grupo de cumbia. Corría el año 1990. Y, por entonces, las cantantes de la movida tenían un physique du rôle en el que ella no encajaba. Es que todas eran rubias y voluptuosas, mientras ella tenía el cabello oscuro y era extremadamente delgada. Sin embargo, se presentó a la audición.

Su esposo, como era de esperar, no estuvo de acuerdo con ella. Pero algo la llevó a dejar de pedir permiso y respetar órdenes. Así que se plantó frente a Juan Carlos Toti Giménez, el director de la banda y el encargado de elegir a la nueva cantante y desplegó todo su carisma, haciendo que el hombre no dudara en elegirla. En el fondo, ella sabía que aceptando este desafío estaba poniendo en riesgo su matrimonio. Pero entendió que ya no podía seguir postergándose. Así se lanzó a un mundo desconocido pero segura de que tenía mucho más para ganar que para perder.

Sus comienzos como cantante no fueron para nada fáciles. La movida tropical tenía sus propios códigos y Gilda -que ya había adoptado este seudónimo del emblemático personaje interpretado por Rita Hayworth-, no parecía encajar en ellos. No solo por su fisonomía, sino también por su estilo melódico a la hora de cantar. Con el tiempo, logró que clásicos como Paisaje, de Franco Simone, sonaran en ritmo de cumbia y tuvieran, incluso, mayor repercusión local que las originales. Pero al principio le costó. A tal punto, que en determinado momento estuvo a punto de abandonar su carrera artística para buscar otro proyecto que le resultara más redituable. Aunque algo le dijo que no lo hiciera.

Juan Carlos Toti Giménez seleccionó a Gilda como cantante de un grupo de cumbia tropical tras una audición realizada en el año 1990

El crecimiento fue gradual. En 1992 grabó De corazón a corazón, en 1993, La única; en 1994 Pasito a pasito con… Gilda, y en 1995, ya separada del padre de sus hijos que no aceptaba su trabajo nocturno, hizo Corazón valiente, su álbum consagratorio por el que obtuvo el disco de oro y el doble platino. Sí, la flaquita de Devoto, que había dejado de lado el delantal de maestra jardinera para subirse a un escenario, había logrado conquistar al público. Y, entonces, comenzó la vorágine de los viajes y la locura de los fans.

Rehizo su vida sentimental con Toti, quien lo confirmó en varias entrevistas, aunque muchos sostengan que entre ellos había solo un vínculo laboral. Y logró empatizar tanto con hombres como con mujeres. Porque no tenía una imagen de sex symbol, como la que se estilaba en aquella época, sino más bien un look angelado. Además, desde el escenario, siempre trataba de dar un mensaje que llegara más allá de sus canciones. Entonces sucedió lo que nadie, mucho menos ella, podía llegar a imaginar: la empezaron a señalar como a una “sanadora”.

Cuenta la leyenda que todo empezó con una fanática cuya madre se encontraba muy enferma y, según su relato, tras pasarle las canciones de Gilda comenzó a recuperarse. Esta historia fue corriendo de boca en boca. Y, frente a la necesidad de aferrarse a alguna esperanza, todos los que pasaban por algún problema de salud se empezaron a acercar a la cantante para pedirle su bendición. “Yo no soy curandera”, repetía ella asombrada. Pero a nadie le importaba. Solo querían que ella los tocara con sus manos.

Pero entonces ocurrió la tragedia. Lo que faltaba para que terminara de convertirse en un verdadero mito. Era el anochecer del 7 de septiembre de 1996. Gilda viajaba a Chajarí, Entre Ríos con su banda en un micro por la ruta nacional 12, conocida como “la ruta de la muerte”, cuando en el kilómetro 129 un camión los chocó de frente. Además de la cantante, en el accidente fallecieron su mamá y su hija, que la acompañaban junto a su hijo que sobrevivió. También perdieron la vida el chofer del ómnibus, Elvio Mazzucco, y los músicos Enrique Quique Tolosa, Gustavo Babini y Raúl Larrosa.

El sitio del accidente vial en la provincia de Entre Ríos se convirtió en un altar de culto popular (AP Foto/Natacha Pisarenko)

De a poco, el lugar en el que murió Gilda comenzó a convertirse en una suerte de altar pagano. Fotos, flores, velas… Y fans pidiéndole milagros que solo ellos saben si se cumplen o no. Lo cierto es que, tiempo después de la tragedia, Toti, que fue uno de los sobrevivientes, logró editar un disco póstumo de la cantante con material que tenía en su poder. El álbum se llamaba Entre el cielo y la Tierra, salió a la venta en 1997 e incluía el tema No es mi despedida, que muchos quieren creer que fue un mensaje premonitorio que ella quiso enviarle a sus fans antes de partir para siempre de este mundo.