El golazo del Chino Benítez en el Monumental que hace medio siglo fue clave para el primer título del Toto Lorenzo en Boca

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El potente derechazo sale del botín del Chino Benítez para convertirse en el gol clave del campeonato

Fue un rayo. Pero completamente diferente a los que hacían tronar el cielo de Buenos Aires desde las primeras horas del domingo 1 de agosto de 1976. Este estuvo lejos de tener origen en el clima, pero hizo vibrar a muchos. No lo pudieron anticipar ni el servicio meteorológico y mucho menos sus rivales. El pie derecho del Chino Benítez sacó un remate fuerte, colocado e inesperado, que se clavó en el ángulo del arco de Chocolate Baley, marcando el único gol de la tarde, para darle a Boca una ventaja ante Huracán que terminaría siendo decisiva para comenzar un ciclo inolvidable.

El golazo de Benítez a Huracán. Ocurrió aquella lluviosa tarde y se instaló para siempre en la historia contemporánea del fútbol argentino. Con un elemento extra: ocurrió en el estadio Monumental y en un partido crucial, lo que le dio una mayor relevancia y es muy recordado 50 años más tarde.

Tras la suspensión de los descensos a fines de la temporada anterior, la de 1976 tenía 22 equipos en primera división, un número que superaba la de los años anteriores. Entonces la AFA decidió que el Metropolitano se disputase en dos zonas de 11 equipos. Los 6 mejores de cada una, se clasificaban para enfrentarse todos contra todos a una rueda en cancha neutral, por el título. Los 5 restantes de cada grupo, harían lo mismo, tratando de evitar el último puesto, que los condenaba al descenso.

Pese al esfuerzo de Chocolate Baley, el perfecto remate de Benítez se clavó en el ángulo

En la previa parecía un sistema atrayente, pero tenía la posibilidad, como en cada certamen de play off, que hubiera una injusticia. Y esto sucedió, porque el equipo que más puntos sumó (Huracán) no fue el campeón. El Globo hizo una brillante fase de grupos, donde terminó invicto con 15 triunfos y 7 empates, sacándole 8 unidades de ventaja a su escolta, que fue Estudiantes. Por su parte, Boca, terminó en el cuarto puesto, a 12 de distancia.

En la memoria de los Xeneizes, ya estaba quedando muy lejano el último título, que se había producido en diciembre de 1970, al conquistar el Nacional ante Rosario Central en cancha de River. Luego llegaron un par de temporadas irregulares y los tres años de Rogelio Domínguez como entrenador (del 73 al 75), donde a despecho de la liturgia boquense, priorizó el toque y la vocación ofensiva, por sobre la garra y el tesón. Brindó grandes espectáculos, con algunas goleadas sorprendentes, pero nunca dio la vuelta olímpica.

El presidente Alberto J. Armando, fue en busca de un hombre que venía precedido de buenos antecedentes: Juan Carlos Lorenzo. Había dirigido a la selección en los Mundiales ‘62 y ‘66, salió bicampeón con San Lorenzo en el ‘72, y tras un importante paso por Atlético de Madrid, tuvo una destacada temporada ‘75 con Unión de Santa Fe. Además del currículum, contaba con algo fundamental: su estilo estaba emparentado con el ADN boquense.

En medio de la lluvia y el viento, Boca sale a la cancha para disputar el partido decisivo ante Huracán: Jorge Riboliz, Rubén Suñé, Roberto Mouzo, Ernesto Mastrángelo y Carlos Veglio encabezan la fila

Junto a él llegaron desde el cuadro santafesino, tres jugadores que serían vitales en su ciclo: Rubén Suñé, Ernesto Mastrángelo y Hugo Gatti. También se incorporaron dos futbolistas que tenían chapa de ganadores, aunque para muchos ya estaban en la recta final de sus respectivas carreras, hecho que ellos se encargarían de desmentir: Pancho Sá y el Toti Veglio. Todos se acoplaron a una buena base que ya estaba en el club, como Vicente Pernía, Roberto Mouzo, Alberto Tarantini y Jorge Benítez, entre otros, para conformar un muy buen plantel.

El recorrido a lo largo de los 22 encuentros de la fase de grupos fue muy oscilante, al punto que no pudo ganar dos partidos seguidos y sufrió un par de derrotas alarmantes, como el 1-5 ante Central en Rosario y el 1-3 con San Telmo en cancha de Huracán. Pese a ello, su clasificación para la segunda rueda no corrió peligro, con la ventaja que allí todos arrancaban desde cero.

A partir de ese momento se activó, mostrando las virtudes que serían su marca registrada en los cuatro años del exitoso ciclo del Toto: la madura locura de Gatti, la seguridad de la última línea, con el perfecto complemento de los centrales, el permanente ida y vuelta de los laterales, la personalidad inalterable del Chapa Suñé, que parecía haber nacido para ser número cinco de Boca, la dinámica del Chino Benítez y el gol que vivía en cada pique del Heber Mastrángelo.

La rueda final era de todos contra todos los mejores seis de cada zona, en cotejos en canchas neutrales. Boca tuvo un inicio demoledor, ganando seis de los primeros siete partidos (Independiente – Newell´s – Colón – Gimnasia – Rosario Central y San Lorenzo), con la única excepción del empate con Estudiantes. Huracán era el perseguidor más cercano, manteniendo el muy buen nivel de la primera parte.

El equipo de Huracán de esa tarde. Parados: René Houseman, Miguel Brindisi, Alberto Fanesi, Víctor Longo, Jorge Carrascosa y Héctor Baley. Agachados: Abelardo Cheves, Carlos Leone, Osvaldo Ardiles, Omar Larrosa y Augusto Sánchez

Miguel Brindisi, en el que sería su último torneo en su primer ciclo en el club de Parque Patricios, nos evocó cómo era ese equipo: “Ese cuadro jugaba un fenómeno. Tenía una dinámica más vertical y era más directo que el del ‘73, que era muy técnico y con una elaboración exquisita, construyendo desde la línea de fondo, a partir de una convicción muy importante. El del ‘76 pudo ser campeón tranquila y merecidamente. Omar Larrosa jugaba en el lugar de Carlos Babington y con Osvaldo Ardiles, construimos un tándem parecido al que hacíamos con Diego en el Boca del ‘81, intercambiando posiciones, ya que él usaba la camiseta número 9, pero no teníamos un centro delantero fijo y siempre uno de nosotros dos, llegaba. En esa campaña tuvo su aparición un buen delantero que era Augusto Sánchez y el mago que era el gran René Houseman. Una pena que no hayamos podido coronar”.

Al momento de enfrentarse, Boca solo lo aventajaba por un punto, con tres fechas por delante, por eso tomaba un extremo cariz definitorio, ya que la lucha por el título solo se había reducido a ellos dos. Aquel domingo 1 de agosto, el ambiente deportivo estaba conmocionado por lo sucedido en el circuito de Nürburgring en horas de la mañana de nuestro país. Niki Lauda, el cómodo líder del campeonato de Fórmula 1, perdió el control de su Ferrari en una de las peligrosas curvas del trazado alemán, sufriendo uno de los accidentes más violentos de la historia de la categoría. Quemaduras, fracturas múltiples e inhalaciones tóxicas pintaron un cuadro dramático.

¿Esa competencia se vio en directo en Argentina? Pocas voces más autorizadas para hablar de la Fórmula 1 que el admirado colega Fernando Tornello que nos describió cómo se vivió aquí: “Pese a que ya estaba Reutemann vigente en la categoría, no tengo el recuerdo de haber visto esa carrera en directo, porque Nürburgring era un circuito muy difícil de cubrir para la televisación y más en aquellos tiempos, porque medía 22 kilómetros de extensión y era entre montañas, por lo que no había mucho tiro de cámara y los autos doblaban en forma permanente. Se necesitaba muchísimo despliegue técnico para hacer una cobertura acorde. Lole tenía un gran atractivo para nuestro país, pero recién a fines de la década del ‘70 y comienzos de los ‘80. las transmisiones comenzaron con más regularidad”.

El día amaneció con muy mal clima, que no iba a modificarse en toda la jornada. El estado del piso generaba incertidumbre. La gente igual comenzó a llegar a completar las tribunas, pese a la incesante y abundante lluvia. Las dudas llegaron hasta los protagonistas, como lo recordó Brindisi: “El árbitro Jorge Romero nos llamó al Chapa Suñé y a mí, los dos capitanes, a su vestuario, para saber cómo eran las posturas de ambos equipos. Nuestro presidente era Osvaldo de Santis y no quería que jugáramos, porque sostenía que el estado de la cancha, con tanto barro, no nos favorecía por nuestro estilo, pero la decisión de todo el plantel era salir a la cancha y por eso el partido se disputó, ya que la intención de Boca, también era la misma”.

Miguel Brindisi y Rubén Suñé, los capitanes, rodeados de la terna. En el centro el árbitro Jorge Romero y a los costados los asistentes, a la postre, jueces de primera: Juan Carlos Loustau y Jorge Vigliano

Las acciones arrancaron con gran paridad, en medio de un terreno que empeoraba minuto a minuto. Huracán no iba a cambiar su modo de jugar y, pese a la inconveniencia del suelo, siguió adelante con su filosofía de jugar la pelota por abajo, buscando el toque y el fútbol asociado. Boca era el polo opuesto. Apostaba en un estilo más directo, a partir de la lucha en el medio, buscando salir rápido de contra con Mastrángelo, siempre listo, a la espera del descuido de la defensa rival.

Sobre los 20 minutos, Ribolzi interceptó un pase de Houseman y se la dio a Benítez. El Chino avanzó unos metros, encontró tiempo, espacio y se tuvo fe. Apuntó y sacó un potente remate. A medida que la pelota se acercaba a la valla, se iba alejando de Chocolate Baley, que se estiró, pero era imposible. Se clavó como un misil en el ángulo, para decretar el delirio Xeneize.

Boca se replegó y tuvo varias chances de contra, a partir de ganar sistemáticamente en la mitad de la cancha, por el tesón inclaudicable de Suñé y el repliegue inteligente del Toti Veglio, en una nueva versión de su carrera donde, sin dejar su gran calidad de atacante, también bajaba unos metros y se tiraba a los pies de los rivales, para recuperar la pelota. Ese nuevo Veglio sería muy importante en los logros del ciclo de Juan Carlos Lorenzo.

En el segundo tiempo, el Loco Gatti dio su show, cortando avances adversarios como un líbero, siempre adelantado un par de segundos a la jugada y le sacó dos tiros libres de mucho peligro a Miguel Brindisi, que estaba cerrando un etapa inolvidable de toda la vida: “Después de ese partido, en la fecha siguiente, en la cancha de San Lorenzo ante Quilmes, fue el último partido de mi primer ciclo en Huracán, porque allí estaba un dirigente de Unión Deportiva Las Palmas, con quien viajé a los dos días, iniciando tres temporadas que fueron inolvidables”.

Tres días más tarde, el miércoles 4, nuevamente en el Monumental y también con una persistente lluvia, se enfrentó con Unión, sabiendo que con una victoria se consagraba campeón. Y eso ocurrió con un claro 2-0, con los goles del Chino Benítez y el Toti Veglio, como si la onda expansiva de aquel domingo aún permaneciera en el césped de la cancha de River.

De los 11 partidos de la rueda final, Boca jugó seis en el estadio Monumental. Allí dio la vuelta olímpica, como había sucedido en sus éxitos anteriores: el recordado Nacional ‘69 ante River y el Nacional ‘70 frente a Rosario Central. El Metropolitano ‘76 fue el primero de los muchos títulos que decoraron una era inolvidable, donde también se sumaron el Nacional ‘76, las Copas Libertadores ‘77 y ‘78 y la Intercontinental ‘78, bajo la conducción del Toto Lorenzo. El que dejó para todos los tiempos una frase plena de fútbol. Y de realidad: “Boca es sportivo ganar siempre”.

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