
A los trece años renuncié a mi primera cita sin que mi madre llegara a prohibírmela.
Me había enamorado de un compañero de la escuela, un chico tierno que me invitó a tomar un helado un sábado. Yo soñaba con mi primer beso, pero había un problema: era hijo de un ordenanza del club. Para mi madre, Luisa, eso bastaba para que no fuera alguien apropiado para mí.
Durante días ensayé cómo pedirle permiso. Busqué las palabras, imaginé sus objeciones, pensé en qué momento encontrarla de buen humor. Cada argumento que se me ocurría duraba poco: enseguida aparecía en mi cabeza su respuesta. Antes de hablar con ella, ya habíamos discutido muchas veces. En todas ganaba ella.
Finalmente no le pregunté. Me quedé sin cita y sin beso, pero sentí alivio. Había evitado un problema. En ese momento no podía darme cuenta de lo que estaba aprendiendo: renunciar a algo que deseaba podía traerme tranquilidad.
Desde afuera, nuestra familia parecía tenerlo todo. Viajábamos, estudiábamos idiomas, tomábamos clases de equitación y usábamos ropa de marca. Mi padre era un empresario exitoso y afectuoso; mi madre, una mujer elegante, religiosa y agradable con los demás. A quienes nos conocían en reuniones sociales les habría costado imaginar cuánto nos condicionaba su reacción ante cualquier cosa que se apartara de sus expectativas.
Mi hermano Sebastián intentó discutir esas reglas. Quería salir con amigos, volver más tarde, tomar sus propias decisiones. Mi madre respondía con reproches y castigos, y las discusiones ocupaban cada vez más espacio en casa. Yo observaba y procuraba no sumar motivos de enojo. Mientras él peleaba por hacerse escuchar, yo aprendía a pasar inadvertida.
Sebastián atravesó un sufrimiento profundo y llegó a intentar quitarse la vida. Aun entonces, yo sentía que mi madre seguía viendo desobediencia donde necesitábamos que pudiera reconocer dolor. Mi padre evitaba enfrentarla, convencido de que así preservaba la paz familiar. Su cariño no alcanzaba para protegernos de lo que ocurría en casa.
Yo encontré una manera de desenvolverme: había cosas que contaba y otras que ocultaba. Mi madre conocía una versión de mí que podía aprobar. El resto quedaba afuera de nuestras conversaciones. Aprendí a disfrutar a escondidas y a sentir culpa por deseos que no tenían nada de malo. Antes de hacer algo, pensaba cómo evitar que se enterara.
Con los años dejé de vivir con ella, pero seguí pendiente del disgusto ajeno. Me casé con un hombre con quien tampoco me sentía escuchada. Cuando algo me dolía, dedicaba horas a pensar cómo explicárselo. Si no me entendía, buscaba otra manera: una palabra más precisa, un tono más amable, un momento más oportuno. Me costaba considerar que quizá el problema no estuviera en mi forma de decirlo.
Con mis hijos también cedía para evitar conflictos. Poner un límite significaba enfrentar su frustración, y yo no sabía tolerarla sin sentir que estaba haciendo algo malo. Podía estar agotada o en desacuerdo y aun así terminar aceptando. Después me quedaba el malestar, pero al menos nadie estaba enojado conmigo.
Hasta que empecé a tener problemas en la piel. Durante casi un año sufrí brotes, ardor y una sequedad extrema. Recorrí consultorios, me hicieron estudios y no encontraba una explicación clara para lo que me pasaba. La incertidumbre se sumaba a la incomodidad de vivir pendiente de mi piel.
En terapia empecé a reconocer cuánto me costaba expresar el enojo, cuánto esfuerzo ponía en acomodarme a los demás. No puedo asegurar qué relación tenía eso con los brotes, pero esa etapa me obligó a prestarme una atención que llevaba años postergando. Empecé a preguntarme cómo estaba yo, además de comprobar cómo estaban todos los demás.
Después de varios intentos por hablar con mi marido, decidí separarme. Me dolió aceptar que explicar mejor lo que necesitaba no garantizaba que él pudiera escucharlo. También tuve que reconocer mi parte: llevaba tanto tiempo adaptándome que muchas veces ni yo sabía qué quería.
A los cuarenta y siete años empecé a averiguarlo. Qué me gustaba, cómo quería vivir, qué estaba dispuesta a aceptar. Parecían preguntas sencillas, pero enseguida se interponía otra: qué iba a pensar alguien de mi respuesta. Incluso estando sola, seguía consultando mentalmente con los demás.
Fui descubriendo que podía cambiar de opinión o decir que no. Lo más difícil venía después: sostener una decisión cuando alguien se disgustaba. Mi impulso era explicarme, justificarme, ofrecer algo a cambio o ceder. Tuve que aprender a esperar antes de hacer cualquiera de esas cosas.
Mi madre seguía convencida de que había una manera correcta de vivir. Para ella, el matrimonio era indisoluble. Sebastián y yo nos divorciamos y formamos nuevas parejas, pero nuestras decisiones continuaban siendo motivo de conflicto. Éramos adultos y todavía había cosas que preferíamos ocultarle para evitar sus reacciones. Mi hermano llegó a no contarle que había tenido un hijo con su nueva mujer.
Con el tiempo también pude ver sus miedos. Cuando mi padre enfermó de cáncer cerebral, ella se ocupó de cuidarlo, pero se resistía a contratar ayuda porque no quería que otras personas lo vieran en sus momentos más íntimos y difíciles. Queriendo preservar su intimidad, se fueron quedando cada vez más solos.
Verla en esa situación me ayudó a comprenderla. Detrás de su necesidad de controlar también había una mujer asustada, a la que le costaba aceptar ayuda y admitir que las cosas podían ser distintas de como las había imaginado. Pude sentir ternura por ella sin dejar de reconocer cuánto me habían dolido sus exigencias.
Durante años creí que evitar las discusiones era una manera de cuidar a mi familia. Hoy puedo ver todo lo que dejé sin decir para conseguirlo. Me acostumbré tanto a no incomodar que terminé viviendo relaciones en las que apenas había lugar para mí.
Todavía me cuesta poner límites sin culpa. A veces digo que sí demasiado rápido y recién después me pregunto por qué acepté. O me descubro preparando una larga explicación para una decisión que no necesita permiso. Pero ahora puedo reconocerlo y darme tiempo antes de responder.
Pienso en aquella chica de trece años que quería ir a tomar un helado y terminó sintiendo alivio por habérselo perdido. Me gustaría que hubiera podido ir. Hoy, cuando quiero algo y mi primera reacción es descartarlo para evitar un conflicto, trato de escucharme un poco más antes de volver a traicionarme.
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli



