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A 20 años de la segunda desaparición de Jorge Julio López: sus últimas horas, las pistas falsas y la provocación final de Etchecolatz

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Jorge Julio López (Rafael Yohai)

Cuando se cumplen veinte años de la segunda desaparición forzada de Jorge Julio López, la causa que la investiga, radicada en el Juzgado Federal N°1 de La Plata, sigue sin tener avances sustanciales. Nada se sabe con certeza sobre las circunstancias de su secuestro ni tampoco se conoce la identidad de sus perpetradores. No hay detenidos y mucho menos condenados por un hecho que se ha convertido en una de las mayores deudas de la democracia en materia de derechos humanos. La fecha de su desaparición no puede tomarse a la ligera: ese lunes 18 de septiembre de 2006, López tenía previsto asistir a la lectura de los alegatos finales del juicio por crímenes de lesa humanidad que se desarrollaba en la sala de tribunal improvisada en el Palacio Municipal, que tenía al comisario general Miguel Etchecolatz entre los principales acusados.

Durante las audiencias, su testimonio sobre los crímenes del policía que fue la mano derecha del genocida Ramón Camps en la policía bonaerense había sido claro y contundente. A los 76 años, López se sentía en paz por haber cumplido con una promesa que había hecho tres décadas antes: la de contar su calvario y los de sus compañeros, aquellos que no habían tenido la fortuna de sobrevivir.

Cuando en 2003, por iniciativa del entonces presidente, Néstor Kirchner, el Congreso Nacional derogó las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final, que brindaban impunidad a la enorme mayoría de los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura, López supo que podría decir en un tribunal lo que había visto, oído y sufrido, y también señalar a los responsables. Sobre todo a Etchecolatz, el responsable operativo de una enorme red de centros clandestinos de detención y tortura donde habían desaparecido miles de personas. López declaró el 28 de junio de 2006 y su testimonio fue uno de los más impactantes de todo el proceso judicial.

Dos meses y medio después, López no quería perderse los alegatos y se lo dijo a su familia. “Esa tarde (la del domingo 17 de septiembre) casi no hablamos del juicio, nada más que para arreglar con quiénes iba a ir, porque yo me iba a Buenos Aires y no podía acompañarlo. A la mañana, mi viejo se había comunicado con Nilda Eloy (ex detenida-desaparecida y militante de derechos humanos) para ver cuántas personas lo iban a acompañar. Habíamos arreglado que mi primo Hugo pasaba a buscarlo a las 9 de la mañana a mi hermano Gustavo y que ellos lo llevarían a la Municipalidad, donde a las 10 empezaba el juicio”, le contó su hijo Rubén al autor de esta nota en una charla que mantuvimos hace ya cinco años.

La noche del domingo 17 Jorge Julio López se acostó expectante y quizás antes de dormirse haya recordado una vez más, los dolorosos meses de su vida durante los cuales fue un detenido-desaparecido en La Cacha.

Los textos y dibujos que hizo en su cautiverio fueron prueba fundamental en juicios de lesa humanidad (Marea Editorial)

Secuestrado por la dictadura

Albañil de oficio y militante peronista por convencimiento, Jorge Julio López tenía 46 años cuando cayó en las garras de los grupos de tareas de la dictadura, fue torturado y permaneció detenido ilegalmente en varios centros clandestinos de la provincia de Buenos Aires. Lo secuestraron la noche del 27 de octubre de 1976 durante un gran operativo en Los Hornos, junto a otros militantes peronistas. A la cabeza de los grupos de tareas que se desplegaron esa noche estaba Miguel Etchecolatz, director de Investigaciones de la Policía Bonaerense.

Lo tuvieron detenido-desaparecido durante casi seis meses en las mazmorras de cuatro centros clandestinos, los conocidos como Cuatrerismo, Pozo de Arana, Comisaría Quinta y Comisaría Octava. Allí había sido torturado y también había presenciado varios asesinatos, entre ellos los de sus compañeros de militancia en Los Hornos, Patricia Dell’Orto y Ambrosio Francisco de Marco. López había sobrevivido y el 4 de abril de 1977, cinco meses y cinco días después de su secuestro, fue “blanqueado” y puesto “a disposición del Poder Ejecutivo” en la Unidad 9 de La Plata, de donde fue liberado el 25 de junio de 1979.

Lo que vivió durante esos meses de detención clandestina fue lo que casi tres décadas después relató como testigo ante el Tribunal Oral Federal número 1 de La Plata. En su testimonio reconoció a Etchecolatz como uno de los represores que lo habían torturado y también lo señaló como el autor material del asesinato de Patricia Dell’Orto. “Patricia le gritaba: ‘¡No me maten, llévenme a una cárcel pero no me maten, quiero criar a mi nenita, mi hija!’, y ellos no, la sacaron. Y van a ver ustedes si algún día encuentran el cadáver o la cabeza, que tiene el tiro metido de acá y le sale por acá. Buum otro tiro”, contó ante los jueces mientras señalaba con un dedo el centro de su frente.

A medida que avanzaba en su relato se lo veía emocionado y por momentos tembloroso, pero firmemente decidido a contar los hechos de los que había sido testigo. En uno de los momentos más dramáticos de la declaración contó: “Pensé: ‘Si un día salgo y lo encuentro a Etchecolatz, yo lo voy a matar’. Así pensaba, pero después me dije, qué voy a matar a una porquería como esa, a un asesino serial. Etchecolatz personalmente dirigió esa matanza”.

Antes de sentarse frente a los jueces, debió vencer los temores de su familia, sobre todo de su mujer. “Mi vieja le decía ‘no vayas a declarar’. Era por miedo de que le pasara algo, teníamos miedo de que le pasara algo a nivel mental, de que se desequilibrara, no pensamos que lo podían secuestrar”, le contó su hijo al cronista en aquella charla. Pero Jorge Julio López se mantuvo inflexible, tenía una promesa que cumplir y por eso dio su testimonio. Y también por eso el lunes 18 estaba decidido a escuchar los alegatos y después el fallo de los jueces. “Quería ver la condena a Etchecolatz, que fue la que lamentablemente no pudo ver”, agregó Rubén.

Organizaciones sociales marcharon en La Plata al cumplirse trece años de la segunda desaparición de Jorge Julio López (Télam)

Desaparecido en democracia

El lunes 18 a la mañana, cuando Hugo, el hermano de Rubén, se despertó, Jorge Julio López ya no estaba en la casa. En un primer momento, nadie sospechó que podía tratarse de un secuestro. “Fue impensado lo que pasó, en ese momento lo primero que pensamos era que le había pasado algo mental, porque pensábamos que esas cosas, las desapariciones, ya no pasaban, pero pasó”, contó Rubén. Una de las hipótesis que se manejaron después fue que alguien lo engañó para que saliera de la casa, porque lo acordado era que esperaría allí a que llegara Gustavo, el sobrino, para llevarlo junto con Hugo en su auto hasta la sede del tribunal.

Al tratar de reconstruir sus últimos pasos se supo que cinco personas lo habían visto caminar por la calle, cerca de su casa, la última fue la propietaria de una verdulería de la calle 137 entre 66 y 67, en Los Hornos. A partir de allí, nadie más lo vio, aunque después se pudo determinar que había caminado otras dos cuadras desde ese lugar. Los perros de la policía olfatearon su rastro hasta el frente de una casa en 135, 66 y 67 y ahí lo perdieron. Se cree que allí lo obligaron a subir a un auto, pero no se pudo encontrar ningún testigo que lo confirmara. La segunda desaparición de Jorge Julio López estaba consumada.

Desde un primer momento los organismos de derechos humanos sostuvieron que se trataba de un delito en el que habían participado miembros de las fuerzas de seguridad retirados y en actividad. Después hubo decenas de pistas falsas, un cadáver quemado que no era el de López y una investigación policial plagada de errores que, más que avanzar, terminó destruyendo todo tipo de indicios. Las sospechas de que existió un encubrimiento muy bien planificado continúan hasta hoy.

El papel que el genocida Miguel Etchecolatz pretendió entregarle al tribunal antes de ser condenado a prisión perpetua en 2014, captado por la lente del fotógrafo Leo Vaca, que estaba cubriendo el juicio

La última provocación de Etchecolatz

López llevaba más de ocho años desaparecido sin que la investigación realizara ningún avance concreto cuando, a fines de octubre de 2014, el genocida Miguel Etchecolatz enfrentó el tramo final de otro juicio como acusado, nuevamente frente a un tribunal presidido por Carlos Rozanski. En el momento en que se leía la sentencia que lo condenaba a prisión perpetua, el ex jefe de Investigaciones de la Bonaerense tomó un pequeño papel y lo desplegó. Al terminar la lectura del fallo, pretendió entregárselo al tribunal, pero los jueces se lo impidieron.

Leo Vaca, fotógrafo de la agencia Infojus que estaba cubriendo el juicio hizo foco con su cámara en el papelito y disparó. En el papel, Etchecolatz había escrito, de puño y letra: “Jorge Julio López”. El reportero gráfico lo relató así: “El corralito estaba tapado por guardias, era difícil de fotografiar. En un momento, uno de ellos se corrió y vi cómo Etchecolatz miró fijamente a Estela (de Carloto) y a otros familiares. Entonces con sus dedos de la mano derecha empezó a tamborilear sobre la rodilla y sacó un papelito. En ese momento, observo que dice ´Jorge Julio López´. No pude creer lo que estaba viendo. Después se levantó y se lo quiso entregar a los jueces, pero no lo dejaron. Mostré la foto a otros colegas y a la gente que estaba allí y se mordían los labios de la bronca. Fue un escándalo”.

El genocida Miguel Etchecolatz murió el 2 de julio de 2022, cuando purgaba una condena de prisión perpetua. Nunca explicó si aquella anotación fue un mensaje sobre la suerte corrida por López o una provocación dirigida a las víctimas. Lo que sabía se lo llevó a la tumba, haciendo uso del silencio como último y perverso método de tortura.