viernes, septiembre 4, 2026
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La amiga de una de las hijas de Barreda revela detalles de la vida familiar antes de los femicidios: “Cuando él llegaba teníamos miedo”

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Se metió abajo de la mesa para que él no la viera. Tenía quince años, estaba en el cumpleaños de su amiga y el padre de esa amiga acababa de entrar al salón. “Ahí viene Ricardo”, se dijeron entre ellas. Y Inés Creimer desapareció debajo del mantel. Ricardo era Barreda, el hombre que el 15 de noviembre de 1992 mató a escopetazos a su suegra Elena Arreche (86), su mujer, Gladys McDonald (57), y sus hijas Cecilia (26) y Adriana (24).

No era miedo, dice hoy Inés en diálogo con Infobae. Era otra cosa. Algo que en los años ochenta no tenía nombre preciso pero que se sentía en la piel. La incomodidad de que un hombre adulto, el padre de tu amiga, te mirara y te dijera “qué linda que estás” delante de todos. La vergüenza de que te expusiera. La necesidad de volverse invisible antes de que llegara.

La amiga que conoció a Barreda desde adentro

Inés fue compañera de Cecilia Barreda durante años en la escuela en el Normal 1 de La Plata. Pero la cercanía era más que escolar. Cuando la familia Barreda se mudó a la casa de la calle 48, Inés vivía a la vuelta, en la calle 49, en La Plata. Todas las mañanas la pasaba a buscar para ir caminando al colegio. Vio la dinámica familiar desde adentro.

Ricardo Barreda mató a sus dos hijas, a su esposa y a su suegra con una escopeta

Lo que vio de Ricardo Barreda no fue violencia explícita. Nunca presenció un golpe, ni un grito, ni una escena de las que después aparecen en los expedientes judiciales. Lo que vio fue otra cosa. Era un hombre que casi nunca estaba en la casa, que cuando aparecía generaba incomodidad en las chicas del grupo, y que sus propias hijas sabían cómo esquivar.

“Recuerdo que estaba en un cumple de Cecilia y con otra amiga dijimos ‘ahí viene Ricardo’ y yo me metí abajo de la mesa para que no me viera”, cuenta Creimer.

El matriarcado de la calle 48

La casa tenía una lógica propia. Inés la describe como un matriarcado. La abuela Elena Arreche, a quien Cecilia llamaba “la baba”, era quien llevaba las riendas, quien decidía, quien organizaba la vida cotidiana. Se levantaba antes que todos. Cuando Inés llegaba a la mañana a buscar a Cecilia, la mesa ya estaba puesta con cosas que la abuela había preparado para el desayuno. Desde strudel casero o panqueques recién hechos. Un desayuno que era, dice Inés, “un acto de amor”.

Esa imagen, la abuela cocinando antes del amanecer para que sus nietas se fueran al colegio con el estómago lleno, es la que Inés guarda con más nitidez de esa casa. Era una casa que funcionaba, que tenía ritmo, que tenía afecto. Y en ese funcionamiento, Barreda era una presencia periférica.

Inés dice que en todos los años que frecuentó esa casa, nunca vio a Barreda realizar una tarea del hogar. Cuando durante el juicio él construyó el relato del hombre al que mandaban a podar la parra y a sacar la basura, Inés escuchó eso y no reconoció a nadie.

El consultorio que no estaba en la casa

Una noche, después de una fiesta, Ricardo tenía que ir a buscarlas a las 4 de la mañana y no aparecía. Inés le sugirió a Cecilia que llamara a su casa desde un teléfono público. La respuesta fue directa y sin dudas: “A mi papá hay que llamarlo al consultorio, que está ahí, no en la casa”. El consultorio no estaba en la casa. Estaba en otro lado. Y a las 4 de la mañana, alguien atendía.

Inés recuerda ese momento con una mezcla de incredulidad y comprensión tardía. En ese entonces no lo procesó como una señal. Era simplemente la manera en que funcionaba esa familia.

Barreda, según él mismo relató años después, tuvo más de una amante. Lo dijo en primera persona, sin que nadie se lo arrancara. Inés no lo sabía entonces. Pero algo en la mecánica de esa familia ya lo decía todo sin decirlo.

Cecilia, la odontóloga rival

Cecilia Barreda estudió odontología. Se recibió. Siguió los pasos profesionales de su padre, y eso, según recuerda Inés, a Ricardo no le gustaba. Le generaba celos. No quería que su hija ejerciera la misma profesión que él. Como si el título de Cecilia fuera una intrusión en un territorio que él consideraba exclusivamente suyo.

Cecilia Barreda estudió odontología igual que su padre

Era una chica buena, dice Inés. Buena e inocente. La recuerda también en un episodio menor que dice mucho sobre cómo era. “Entre las amigas del grupo, cuando cumplías 15 años podías elegir entre una fiesta o una motito” ,recuerda Inés.

Muchas elegían la moto para andar por los caminos de tierra que llevaban a las quintas de Gonnet. Un día, Inés le prestó la suya a Cecilia. Apenas aceleró, salió volando. Cayó al suelo con varias lesiones y terminó en el hospital. “Estaba Gladys, la madre, al lado de su hija. Ricardo Barreda no apareció”, cuenta Creimer.

“En la Justicia se privilegió el relato de él – dice Inés-. Nunca se supo nada de las víctimas. Barreda las asesinó y les borró la identidad.”

Ricardo Barreda durante la sentencia (Archivo)

El 15 de noviembre de 1992: la certeza que no tiene explicación

Inés ya no vivía en La Plata cuando sucedió. Se había mudado a Olavarría hacía un tiempo. La última vez que había visto a Cecilia fue dos años antes. Ese 15 de noviembre de 1992, su hermano, que todavía vivía en La Plata, la llamó para avisarle que habían matado a las cuatro mujeres de la familia Barreda. Que había policía en la casa de la calle 48. Lo primero que dijo Inés fue: “Ricardo”.

No lo pensó. No hizo un razonamiento. No recordó ningún hecho puntual que lo justificara. Simplemente lo dijo, y su hermano no le preguntó por qué. “No puedo decir que había violencia en la casa, pero mi primera impresión, sin saber nada, fue que el asesino había sido él”, recuerda.

El 15 de noviembre de 1992, Ricardo Barreda mató con una escopeta calibre 16 a su suegra Elena Arreche, de 86 años, a su esposa Gladys Mac Donald, de 57, y a sus hijas Cecilia, de 26, y Adriana, de 24. Antes había ido al cementerio “a hablar” con sus padres, pasado por el zoológico (“ver elefantes y jirafas me relajaba”, diría después) y se había encerrado con su amante en un hotel alojamiento. Luego la invitó a comer pizza. Después se entregó a la Policía cuando su coartada se derrumbó.

La escopeta calibre 16 que usó había sido de la propia Elena Arreche. Él se la había regalado tiempo atrás.

Inés Creimer fue al colegio con Cecilia Barreda

El juicio: de espaldas y sin poder preguntarle nada

Inés estuvo en la primera jornada del juicio oral. Se sentó en el recinto con el resto del público, detrás del acusado. Escuchó el relato minucioso que Barreda hizo de los asesinatos, paso por paso, con una precisión que todavía le resulta difícil de procesar. Pero él estaba de espaldas. No pudo verle la cara en ningún momento.

“Si hubiera podido acercarme a él, me hubiera acercado – sostiene Creimer-. Yo necesitaba preguntarle por qué no se había ido.”

La defensa construyó durante el juicio un relato de victimización. Hablaron de un hombre humillado, sometido, al que su mujer y su suegra llamaban “conchita” como forma de degradarlo, el hombre que podaba la parra y sacaba la basura mientras ellas lo maltrataban.

Ese relato caló hondo en una parte de la sociedad argentina de los años noventa. Barreda salió del juicio condenado a cadena perpetua pero también convertido, para ciertos sectores, en una figura que expresaba algo. Una especie de símbolo del hombre que “reaccionó”.

Una foto de las cuatro víctimas de Barreda en la ventana de la casa familiar, recuperada por el Estado

“El chiste fácil”

El hecho de haber dejado La Plata antes del crimen le ahorró a Inés algo, aunque no todo. En Olavarría nadie sabía en qué barrio había crecido, en qué escuela había estudiado, quiénes habían sido sus amigas. Nadie sabía dónde quedaba la calle 48. Pero el chiste llegó igual, en los ámbitos laborales, en las reuniones, en las conversaciones de sobremesa.

“Muchísimas veces tuve que escuchar ‘y bueno, mató a la mujer y a la suegra. Bueno, a las hijas capaz que no las tendría que haber matado’”, recuerda. Siempre realzando la figura de él. Nunca preguntando quiénes eran ellas, cómo se llamaban, qué hacían, qué querían.

Ese chiste no envejeció. Inés dice que hoy, con el estreno de la película Barreda en Prime Video (protagonizada por Luis Machín en el papel del odontólogo, con Carla Peterson como Gladys Mac Donald, Mercedes Morán como Elena Arreche, Maite Lanata como Cecilia y Margarita Páez como Adriana), alcanza con meterse en las redes sociales para encontrarlo de nuevo.

Usuarios que ven una escena del film y escriben “punto para Barreda”. La guionista Donna Tefa Sanguinetti salió a responderles en una entrevistas con Infobae. “Se ve que hay varones a los que les sigue pareciendo que hay motivos que justifican matar a cuatro mujeres de la manera más brutal”.

El film Barreda se puede ver en Prime Video

Los sueños a los que les falta un número

Por muchos años, Inés soñó con Barreda. En esos sueños, ella trataba de preguntarle por qué lo había hecho. Por qué no se había ido. Nunca llegaba a escuchar la respuesta. El sueño siempre se cortaba antes, o él se daba vuelta y no decía nada, o ella se despertaba con la pregunta todavía en la boca.

También soñaba con Cecilia. En esos sueños, su amiga le daba un número de teléfono para que la llamara. Pero siempre faltaba un dígito. Inés marcaba, marcaba, y la comunicación nunca se completaba. “Eso me desesperaba. No poder llamarla”, sostiene Creimer.

Ricardo Barreda recuperó la libertad en 2016 y murió en 2020, a los 83 años. La casona de la calle 48 de La Plata, donde mató a las cuatro mujeres, fue expropiada. Hoy funciona allí una asociación de lucha contra la violencia de género. En una de las ventanas, hay una foto de las cuatro víctimas para que todos recuerden lo que sucedió en esa casa hace 34 años.