domingo, noviembre 8, 2026
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Después de los 60, las nuevas comunidades que nacen en WhatsApp y terminan en amistades, salidas y proyectos compartidos

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Un grupo de mujeres se reúnen en el living de una casa para leer, como si se tratase de un viejo club de lectura (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cuentos. Leen cuentos. Se encuentran los viernes a la tarde en la casa de Guillermina, que abrió su living para que vengan a leer. Un viejo club de lectura, ponele. Un encuentro para conversar. Ya tuvimos viernes de Julio Cortázar, y ahora andamos por Alejandra Kamiya. A veces hay mate, pero también té y esos budines tan del horno que amamos. Nadie dirige, ni organiza, pero allí están. Un grupo de mujeres que se conocieron por un grupo de WhatsApp y que hace apenas unos meses no tenían idea de la existencia de la otra. Pero tenían unas tardes de viernes larguísimas, angustiantes y solitarias.

Todas forman parte de Mil Horas. No de la canción de Calamaro, aunque algo de eso hay, sino de una comunidad, mayoritariamente de mujeres, un poco mayores de sesenta y hasta muy mayores de ochenta, que se encuentran en una aplicación pero solo para organizarse. Para pasar, dicen ellas, de la conectividad a la conexión. Y forman parte, también, de algo que está creciendo en muchas ciudades del mundo: las ganas de salir de la pantalla y encontrarse en la vida real. Pasar del grupo a la mesa. Del mensaje a la merienda. Después de años de hacer casi todo a través de un teléfono, cada vez más gente quiere volver a tener a alguien enfrente.

No se trata de descartar la tecnología o escandalizarse frente al avance de la IA sino de hacer una toma de judo. Usarlas para generar encuentros, para ponerse de acuerdo, para ampliar posibilidades. Las comunidades que nacen en aplicaciones para encontrarse en parques, bares, clubes y salidas crecen todos los días y reúnen cada vez a más gente.

Entre las que participan en Mil Horas, algunas se encuentran junto al mástil del Parque Centenario los sábados. Caminan varias vueltas y después buscan algún café de Caballito donde seguir charlando. En la zona norte se organizan paseos junto al río. Las que se interesan por las plantas nativas visitaron el Jardín Botánico para aprender cómo atraer mariposas, intercambian gajos y están pensando en forestar espacios verdes de la ciudad. Ese grupo me toca de cerca. Como ya sabe medio mundo, yo cultivo orquídeas y las rodeo de plantas nativas, porque me gusta que el jardín esté lleno de mariposas. Así que me da un placer enorme que haya un lugar donde se discutan estas cosas con la seriedad que merecen.

Mil Horas comenzó a crecer hace algunos meses, alrededor de las conversaciones sobre la nueva longevidad. Lo que nació como un espacio digital se fue transformando en una red de encuentros que ya no necesita que yo proponga cada actividad.

Ya son más de ochocientas, y grupos para todos los gustos. Por zona, por ciudad, por intereses. Las que quieren irse a vivir juntas en un cohousing, o las que prefieren hacer un fin de semana de detox. Si estás muy ocupada, te va a convenir silenciarlo: son muchas y hablan mucho, y hay días en que parece un recreo de secundario. Cada tanto entro y pispeo, como quien espía por la ventana la fiesta de los vecinos. Así, pispeando, me enteré de que Roberto había organizado una partida de Scrabble con algunas de las mujeres. Y me emocioné un poco, debo decirlo. Porque yo amo jugar al Scrabble y hay una pregunta que me hago desde siempre: si llegará un momento en que no tenga con quién jugar.

Las comunidades que nacen en aplicaciones para encontrarse en parques, bares, clubes y salidas crecen todos los días y reúnen cada vez a más gente (Imagen Ilustrativa Infobae)

Hay palabras que las pienso antes de sentarme a jugar: «Flexibilizar»: la cantidad de puntos que juntaría si pudiera armarla. Una palabra preciosa que es también el verbo más usado a nuestra edad. Vamos viendo. Siete fichas, un tablero y alguien enfrente: a veces el futuro es apenas eso.

En octubre de este año, el Pew Research Center publicó una investigación realizada entre 9.750 adultos estadounidenses sobre las comunidades digitales. Casi cuatro de cada diez participan de alguna, pero apenas uno de cada cinco integrantes se siente muy cercano a las otras personas del grupo. Cerca de la mitad reconoce que no tiene demasiada cercanía con ellas. El 68% conocía a muy pocos participantes, o a ninguno, antes de ingresar. Sin embargo, aproximadamente un tercio de estas comunidades organiza también encuentros presenciales.

Entre los menores de treinta años, el 54% considera que las relaciones nacidas en internet pueden ser tan significativas como las presenciales. Entre los mayores de 65, apenas el 14%. Quizás las generaciones más jóvenes no necesiten hacer esa distinción. Nosotras todavía buscamos, detrás de la pantalla, la puerta de una casa.

Algo parecido está sucediendo en otras ciudades. En Ámsterdam nació The Offline Club, una iniciativa que convoca a personas que pagan por pasar algunas horas sin sus teléfonos. Se reúnen en cafés, leen, escriben, conversan o simplemente comparten el silencio. Una crónica publicada por The Guardian en mayo de 2024 describía el entusiasmo de los participantes por recuperar una experiencia que hasta hace poco parecía no necesitar ninguna organización: estar con otros sin mirar permanentemente una pantalla. La paradoja es que el club se hizo conocido gracias a Instagram.

Pero no se trata solamente de escapar de los teléfonos. También está apareciendo una necesidad de construir nuevas pertenencias, especialmente entre quienes atravesamos la segunda mitad de la vida. Durante décadas nuestras relaciones estuvieron organizadas alrededor del trabajo, la escuela, la universidad, los hijos, los vecinos. Compartíamos espacios con personas que no necesariamente habíamos elegido, pero con quienes terminábamos construyendo historias. Después los hijos crecieron, cambiamos de trabajo, nos jubilamos, nos mudamos, algunas parejas terminaron y otras amistades se fueron alejando. Y, sobre todo, cambiamos nosotros. A veces queremos cosas distintas de las que queríamos hace veinte años, pero seguimos rodeados de personas que nos conocen solamente por quienes fuimos.

Gente reunida bajo arboledas, compartiendo actividades como el tejido o la lectura, desconectada de la tecnología, la propuesta de The Offline Club en Ámsterdam (Instagram, The offline club)

Lorna Prat venía pensando en esto desde hacía tiempo. Tiene amigos a los que quiere y dedica mucha energía a cuidar esas relaciones. Les escribe para saber cómo están, propone reuniones, busca maneras de conversar sobre algo más profundo que las novedades cotidianas. Tiene juegos de preguntas para abrir conversaciones diferentes. Pero no siempre encuentra la misma disposición del otro lado. Esa falta de reciprocidad la entristece.

Un día vio en Instagram la convocatoria al taller sobre la nueva longevidad que coordino en Casa Naesqui y decidió anotarse. No sabía demasiado bien qué iba a encontrar. Mientras escuchaba la presentación y las experiencias que estábamos compartiendo, empezó a emocionarse. «Se me puso la piel de gallina», contó después. Pensó que quizás había encontrado ese lugar que llevaba tanto tiempo buscando.

Cuando terminó el taller, entre un vino y unos sanguchitos, se quedó conversando con otras participantes. Una mujer se le acercó porque había escuchado que Lorna quería ir a Arteba y también estaba interesada. Se pasaron los teléfonos y fueron juntas. Recorrieron la feria, compartieron opiniones, tomaron un café y empezaron a conocerse. No hubo ninguna aplicación que las emparejara según sus gustos, ni un algoritmo que calculara sus afinidades. Bastó una conversación, una invitación y las ganas de pasar una tarde juntas.

Hace más de veinticinco años, el politólogo estadounidense Robert Putnam publicó *Bowling Alone*, un libro que se convirtió en una referencia para comprender el debilitamiento de la vida comunitaria. Putnam había observado que los estadounidenses seguían jugando al bowling, pero participaban cada vez menos de las ligas donde se encontraban regularmente con otras personas. La actividad permanecía, pero se estaba perdiendo algo de lo que sucedía alrededor de ella. A partir de ese ejemplo describió la erosión del capital social: esa reserva de confianza, cooperación y reciprocidad que permite que una sociedad sea algo más que una suma de individuos.

Si Putnam hubiera escrito sobre Buenos Aires, quizás no habría hablado de bowling sino del club de barrio. De la pileta, la clase de gimnasia y la cantina donde se discutía quién organizaba la próxima peña. Porque lo que importa no es solamente lo que vamos a hacer a un lugar, sino todo aquello que puede suceder mientras estamos ahí.

Sara vive en Ramos Mejía y tiene 71 años. Ya crio a su hija y ahora quiere descubrir cómo se vive después de los setenta. En Mil Horas encontró mujeres de edades muy diferentes, algunas que comparten sus inquietudes y otras que tienen vidas completamente distintas. Salen, van al cine, bailan. «Ya crié a mi hija y ahora, bueno, quiero disfrutar de la vida y quiero aprender a saber cómo se vive después de los 70».

Me gusta esa última frase. No dice que quiere aprender a envejecer bien, ni mantenerse activa, ni prevenir el deterioro. Quiere aprender cómo se vive después de los setenta. Como quien llega a una ciudad desconocida y todavía no sabe cuáles son los mejores caminos, dónde se come rico o qué lugares vale la pena visitar. ¿Por qué deberíamos conformarnos con repetir lo que ya conocemos?

Ruth tiene amigas de toda la vida, distintos grupos y una vida que disfruta. No está buscando reemplazar nada. «Cuantos más, mejor», dice cuando explica por qué se sumó a Mil Horas. Y agrega: «No tiene sentido envejecer separadas si juntas la pasamos mucho mejor». Para ella, la felicidad puede estar en una pizza y una película, una muestra que acaba de inaugurarse, una salida improvisada. Se levanta sin despertador y se pregunta qué tiene ganas de hacer ese día, en qué le gustaría perder el tiempo. Habla de los dolores del cuerpo y de las conversaciones sobre médicos que aparecen con los años, pero está convencida de que llegar a vieja es una de las mejores cosas que pueden pasarnos. Vieja, dice. Sin eufemismos.

Hay una alegría que no necesita justificarse por sus beneficios para la salud. A los chicos les reconocemos el derecho a jugar, a hacer amigos nuevos y a probar cosas sin preguntarse para qué sirven. A las personas mayores, en cambio, solemos ofrecerles actividades para estimular la memoria, mejorar la movilidad o combatir la soledad. Nadie le pide a una nena de ocho años que justifique la plaza con un estudio sobre motricidad fina. A una mujer de setenta y cinco, el baile se lo recetan.

La Organización Mundial de la Salud estimó en 2025 que una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad y reclamó que la conexión social se convierta en una prioridad de salud pública. Está bien que así sea. Pero hay algo que las estadísticas no alcanzan a contar: la gente no busca encontrarse solamente porque está sola. También porque tiene deseos, curiosidad, ganas de compartir y proyectos que todavía no sabe cómo realizar.

Andrea Viviana Rodríguez llegó hace poco a Mil Horas y encontró un lugar donde cuestionar las ideas que había aprendido sobre la vejez. Hablar con otras personas, escuchar sus voces, cambiar de perspectiva y revisar creencias que parecían inamovibles. «Es un espacio para todos los que tengan el ánimo de seguir creciendo, desarrollándose, armar redes», dice. Para ella, armar comunidad es también una manera de seguir descubriéndose.


La Organización Mundial de la Salud estimó en 2025 que una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los amigos de toda la vida guardan nuestra memoria, conocen nuestras contradicciones, recuerdan quiénes éramos a los veinte y a los cuarenta. Pero las personas nuevas nos permiten presentarnos sin demasiadas explicaciones. Podemos contar qué nos interesa hoy, qué estamos aprendiendo, qué nos gustaría hacer mañana. A veces, conocer a alguien es también una manera de volver a conocernos.

Lo estoy aprendiendo también en los encuentros de Naesqui. Esos debates me atraviesan y a veces me ponen en cuestión. Hablamos mucho de lo que nos va a pasar cuando quede el nido vacío, cuando se vayan los hijos, de cómo se reacomoda una casa y una vida. Después de uno de esos encuentros, una de las participantes me escribió: «Hablás mucho de los hijos y es hermoso, pero yo no tengo hijos». No porque no los hubiera deseado, sino porque no pudo. Me quedé pensando. ¿Qué hacemos para que estén todas y todos? ¿Cuántas veces armamos la conversación sobre el futuro con un molde que deja a alguien afuera sin darnos cuenta?

El sociólogo Eric Klinenberg llegó a la idea de infraestructura social por una tragedia. En julio de 1995, una ola de calor provocó más de setecientas muertes en Chicago. Englewood y Auburn Gresham eran barrios vecinos, con niveles parecidos de pobreza y desempleo. En Englewood murieron 33 personas cada cien mil habitantes; en Auburn Gresham, apenas 3. Klinenberg investigó por qué dos barrios tan parecidos habían atravesado la misma catástrofe de maneras tan diferentes. Encontró una explicación fundamental en sus espacios de encuentro: comercios abiertos, veredas transitadas, organizaciones barriales, lugares donde los vecinos se conocían y podían advertir que alguien necesitaba ayuda. Años después, en *Palaces for the People*, desarrolló esa idea: una ciudad no necesita solamente transporte y hospitales, también lugares donde las personas puedan encontrarse y construir relaciones.

En Buenos Aires tenemos una larga tradición de clubes de barrio, sociedades de fomento, centros culturales y centros de jubilados. Pero también una generación que no siempre se reconoce en las propuestas tradicionales para personas mayores. Mujeres y hombres que todavía trabajan, estudian, emprenden, viajan, se enamoran o están pensando cómo quieren vivir las próximas décadas.

Aunque conviene no engañarse: no todas tienen un living para ofrecer, ni la entrada de Arteba, ni un café en cada esquina. En muchos barrios la plaza no tiene luz a la tarde y el club pelea por no cerrar. ¿Quién arma la merienda de los viernes donde no hay casa que se abra? También para eso hacen falta políticas públicas, bibliotecas abiertas, centros culturales, clubes sostenidos, espacios gratuitos y accesibles donde sea posible encontrarse sin tener que consumir nada.

En Mil Horas algunas integrantes armaron un catálogo de profesiones y comenzaron a ofrecer sus conocimientos, servicios y hasta intercambios sin dinero. Otras están pensando cómo pasar juntas las fiestas de fin de año. En Traslasierra, Córdoba, se organizó un encuentro de dos días para quienes están explorando la posibilidad de vivir en cohousing. Ya no se trata solamente de compartir una salida o una conversación: empiezan a aparecer preguntas sobre cómo queremos habitar, cuidarnos y organizar nuestra vida futura.

Los intereses que unen a los grupos son múltiples (Imagen Ilustrativa Infobae)

Lo más interesante es que nadie sabe todavía hasta dónde pueden llegar esas experiencias. Quizás algunas se conviertan en amistades duraderas, otras en proyectos colectivos y muchas queden en el recuerdo de una tarde feliz. No todas las relaciones necesitan prometer eternidad. También forman parte de nuestra vida las personas que nos acompañan durante un tramo, nos enseñan algo o nos ayudan a mirar el mundo de otra manera.

Cuando pensamos el nombre de este espacio, elegimos Mil Horas por la canción de Calamaro y Los Abuelos de la Nada. Nos parecía el himno de nuestra generación. Ahora empieza a querer decir otra cosa. Mil horas para compartir, para hacer cosas que todavía no hicimos, para conocer personas que todavía no conocemos. Horas que no tenemos por qué pasar esperando que suceda algo.

Quizás la nueva longevidad también consista en recuperar una costumbre que parecía reservada a la juventud: salir de casa sin saber demasiado bien con quiénes vamos a encontrarnos y regresar con la sensación de que nuestra vida acaba de hacerse un poco más grande.