
El 6 de abril de 1987, puntualmente a las 16 horas, el avión que transportaba a Juan Pablo II aterrizó en el Aeroparque Jorge Newbery de Buenos Aires. Con 67 años y una agilidad que sorprendió a los presentes, el Sumo Pontífice descendió la escalerilla de dos trancos, se inclinó y besó el asfalto. Detrás de las rejas de la terminal aérea, una multitud compacta lo esperaba entonando “Bienvenido, bienvenido, aquel que llega en nombre del Señor”, la canción oficial de la visita compuesta por Julián Mandriotti y Leandro “Bebe” Mauro y aprobada por la Conferencia Episcopal Argentina no sin debate: el cardenal Aramburu quiso rechazarla, pero el cardenal Raúl Primatesta marcó el ritmo con la pierna y zanjó la discusión. El estribillo terminaría adoptado, con los años, por las hinchadas de fútbol en sus cánticos. Era la segunda vez que Karol Wojtyla pisaba suelo argentino: en los seis días que duró la visita recorrió la Capital y diez provincias, y pronunció 26 discursos.
La primera había sido muy distinta, y el país que la recibió también. En junio de 1982, la guerra de Malvinas tiñó de drama un paso fugaz por un país en guerra: apenas 30 horas, entre el 11 y el 12 de junio, que parecieron más un abrazo que una visita pastoral, más un gesto de consuelo que un itinerario planificado. Cuarenta y ocho horas después de que el avión pontificio abandonara el país, el general Mario Benjamín Menéndez firmaba la rendición.

Argentina, considerada uno de los países más católicos del mundo, solo recibió a ese Papa durante su pontificado. Hubo que esperar casi 40 años para una nueva visita: el próximo 8 de noviembre de 2026, León XIV recorrerá el país en el marco de una gira apostólica que incluye también Uruguay y Perú. El Papa tiene previsto permanecer en territorio argentino hasta el miércoles 11, con paradas en Buenos Aires, Córdoba y Luján.
El Papa recorrió la Capital, se reunió con Alfonsín y saludó desde la Plaza de Mayo
Aquella vez, en su discurso en el aeropuerto, el Pontífice expresó su “profunda alegría y una gran emoción al pisar por segunda vez esta bendita tierra de la Argentina”, y precisó que regresaba “en visita pastoral para seguir cumpliendo la misión que el Señor me ha encomendado, de evangelizar y ser Maestro de la fe, ejerciendo a la vez, como sucesor de Pedro, el ministerio de confirmar a mis hermanos”.

Desde allí, a bordo del Papamóvil —hubo más de uno a lo largo de los traslados terrestres—, se dirigió a la Catedral Metropolitana para saludar al clero. Luego cruzó la Plaza de Mayo hacia la Casa de Gobierno, donde el presidente Raúl Alfonsín lo aguardó en la escalinata sobre la calle Rivadavia. Juntos subieron al despacho presidencial para una conversación privada. Alfonsín le obsequió un rosario de plata y rodocrosita, la piedra nacional, en un gesto que condensaba algo de la identidad del país que lo recibía.
En el Salón Blanco los esperaban dirigentes políticos del gobierno, representantes de las cámaras legislativas e integrantes del Poder Judicial. Ante ellos, el Papa recordó su visita anterior y definió el sentido de esta segunda presencia: un “peculiar sentido de gratitud al Señor por el don de la paz”. También señaló que “corresponde ciertamente al Estado prestar una particular atención a la moralidad pública, a través de oportunas disposiciones legislativas, administrativas y judiciales, que aseguren un ambiente social de respeto de las normas éticas, sin las cuales es imposible una digna convivencia humana”.
Lo que siguió era inevitable. El Papa se asomó al balcón de la Casa Rosada y saludó a la plaza colmada. Más tarde, todavía sonriente por el canto de “¡Juan Pablo II, te quiere todo el mundo!” que repetía la multitud sin pausa, partió hacia la Nunciatura Apostólica, donde se alojó y mantuvo un encuentro con los 65 jefes de misión del cuerpo diplomático.

Seis provincias en tres días: del interior a la vuelta a Buenos Aires
Al día siguiente, la agenda arrancó temprano. A las 8.00 despegó hacia Bahía Blanca, donde 130 mil personas lo recibieron y escucharon su reflexión sobre la evangelización del mundo rural. A las 13:30 ya estaba en Viedma, donde lo esperaba el obispo de la capital rionegrina, monseñor Miguel Hesayne. Sin pausa, volvió al avión y a las 16:45 aterrizó en Mendoza, donde un coro de 250 personas lo recibió con una canción de cuna polaca. Allí oró por la paz —tema central de su pontificado desde 1978, cuando también fue clave para la solución pacífica del conflicto por el canal de Beagle con Chile—. A las 19:00 emprendió el vuelo hacia Córdoba, donde pasó la noche.
En la capital mediterránea ocurrió uno de los episodios más recordados y queridos del viaje. Después de orar en la capilla privada de la Curia, Juan Pablo II escuchó los gritos de la gente que pedía un saludo desde afuera. Cerca de la medianoche, agotado por una jornada extensa, se asomó y les preguntó con esa mezcla de ternura y picardía que lo caracterizaba: “¿Es cierto que en Córdoba de noche no se duerme?”. La respuesta fue un sí rotundo. “Pero el Papa es normal y sí duerme…”, respondió con una sonrisa, antes de bendecirlos y retirarse.
A la mañana siguiente recibió en la Catedral a 300 enfermos e personas con discapacidad, y luego presidió una misa en el Área Material Córdoba, donde el cardenal Raúl Primatesta le dio la bienvenida. El país ardía entonces en debates por la reciente sanción de la Ley de Divorcio, y aunque el Papa había rozado el tema en la Casa Rosada, en Córdoba fue más directo: “El Papa ha venido para pediros, en nombre de Dios, un empeño particular: que toméis con sumo interés la realidad del matrimonio y de la familia”, y advirtió sobre “signos preocupantes de degradación en relación con algunos valores fundamentales del matrimonio y la familia”.
Por la tarde partió hacia Tucumán, donde 80 mil personas lo aguardaban. Bajo una cruz de hierro en el palco del aeropuerto pronunció una homilía sobre los cristianos y la Patria. La jornada cerró en Salta: en el hipódromo de Limache recibió un poncho tradicional y se dirigió a 1.500 representantes de comunidades de pueblos originarios en el marco del V Centenario de la evangelización de América Latina. Esa noche descansó en el Arzobispado salteño.

El 9 de abril, fuera de agenda, visitó a la Virgen del Milagro y oró ante la imagen de Jesús. De allí voló a Corrientes, donde 100 mil fieles lo esperaban bajo una lluvia intensa que demoró su llegada. En la tierra del Gauchito Gil, su homilía giró en torno a la religiosidad popular. Por la tarde se trasladó a Paraná, donde su anfitrión fue el arzobispo Estanislao Karlic. La ceremonia tuvo lugar en el propio aeropuerto, presidida por una campana de bronce de 314 kilos forjada por un artesano santafesino. Allí habló sobre la inmigración antes de regresar a Buenos Aires.
Ante 300 mil trabajadores en el Mercado Central y un vuelo con el Rosario sobre Luján
De regreso en la Capital marchó directo a la Nunciatura para descansar, pero —como había ocurrido en Córdoba— la gente congregada afuera reclamó su presencia y debió salir a bendecirlos. Esa noche mantuvo en la misma sede un encuentro con representantes de la comunidad judía.
El viernes 10, a las 8.15, partió en el Papamóvil hacia el estadio de Vélez Sarsfield, donde celebró misa ante 30 mil personas: entre ellas, 2.000 sacerdotes, 1.700 seminaristas, 3.000 religiosas y unas 400 monjas de clausura. La siguiente escala fue la catedral Greco-Católica Ucraniana Santa María del Patrocinio en Floresta, donde alrededor de 1.000 personas de esa comunidad y niños con trajes típicos lo recibieron. El eparca Andrés Sapelak lo acompañó en la coronación de un icono de la Virgen de Prokov por la conmemoración de los mil años del cristianismo en el Rus de Kiev, que tendría lugar al año siguiente. Allí, el Papa recibió como regalo una panagia, la medalla colgante con la imagen de la Virgen María que usan los clérigos de las iglesias cristianas orientales.

Al regresar de allí, en los pasillos de la Nunciatura, tuvo un encuentro fortuito con el entonces sacerdote jesuita Jorge Bergoglio, que había regresado al país tras una temporada de estudios en Alemania. Tras almorzar allí y disfrutar de una breve siesta llegó uno de los encuentros más convocantes y emotivos de toda la visita. En el Mercado Central de Buenos Aires se congregaron alrededor de 300 mil trabajadores junto a los referentes de la Confederación General del Trabajo (CGT), encabezados por el secretario general Saúl Ubaldini. Se celebró una misa y se bendijo la recién construida capilla del centro de abasto. El obispo de San Justo, monseñor Rodolfo Bufano, ofició como anfitrión. En su discurso, el Papa no eludió la dureza del mensaje: “No podéis conformaros con unos objetivos de corto alcance, cuya única finalidad se reduzca a la concertación colectiva de las remuneraciones y a la disminución de las horas laborales”, y advirtió que los esfuerzos sindicales no debían “esterilizarse en inoperantes litigios políticos”.
Más tarde, en el Luna Park, se reunió con la comunidad polaca, pronunció un discurso en su idioma natal —el mismo idioma en que había aprendido a rezar— y la jornada cerró con un mensaje transmitido por radio y televisión desde la Nunciatura, dirigido a quienes estaban privados de su libertad.

El sábado 11, a las 8:00, despegó hacia Rosario, donde celebró una misa en el Monumento a la Bandera con una homilía dedicada a la misión de los laicos en la Iglesia. Almorzó en el arzobispado y regresó a Buenos Aires en el último vuelo de cabotaje del viaje. Durante el trayecto, monseñor Eduardo Martínez Somalo, de la Secretaría de Estado vaticana, se acercó a la cabina del comodoro Alberto Vianna —comandante de todos los vuelos papales en el país— con una solicitud de Juan Pablo II: quería sobrevolar la Basílica de Luján. Vianna obtuvo autorización para descender por debajo de los 300 metros e informó al Papa. Mientras el avión pasaba sobre la basílica, el Pontífice reunió a los cardenales Aramburu y Primatesta y los tres rezaron el Rosario en silencio, a 300 metros del suelo, sobre el santuario de la patrona argentina.
De regreso en Buenos Aires, se trasladó al Luna Park para hablar ante 10 mil empresarios. Ante ellos dijo: “Es justo que den gracias a Dios por la fertilidad de vuestros campos, por la abundancia de vuestros ganados y de tantas otras riquezas naturales, o fruto de las manos del hombre y, sobre todo, por el espíritu emprendedor y la capacidad de trabajo con que Él los dotó, para que, junto a tantos hombres y mujeres que contribuyen a sacar adelante vuestras empresas y proyectos, sirváis al bien común en el vasto y complejo campo de la producción de bienes y servicios. Si no vivieseis esta primera obligación de justicia con el Padre común, Dios, tampoco seríais justos con vuestros hermanos los hombres, ni podríais llevar a cabo con espíritu humano y cristiano, las grandes tareas en que diariamente estáis empeñados”. A las 18:00, en la Nunciatura, mantuvo un encuentro con representantes de la comunidad islámica. Luego abordó el Papamóvil rumbo a la avenida 9 de Julio, donde se desarrollaba la Jornada Mundial de la Juventud: se estima que 60 mil visitantes del exterior llegaron para escucharlo.

Un millón de personas en la 9 de Julio y el regreso a Roma
El domingo 12 de abril arrancó con un encuentro ecuménico en la Nunciatura: 35 representantes de las distintas confesiones cristianas del país fueron recibidos por el Pontífice, quien dirigió sus palabras a los “hermanos separados”.
Al mediodía, un millón de personas aguardaban en la 9 de Julio para el cierre de la Jornada y la misa de Ramos. Fue la primera vez que un Papa no celebró esa liturgia en el Vaticano. En el altar se colocó la imagen auténtica de la Virgen de Luján, trasladada en procesión desde la Basílica por los jóvenes. El presidente Alfonsín estuvo presente. Al finalizar la misa, el Papa entregó cinco crucifijos a jóvenes representantes de los cinco continentes y consagró a la Virgen de Luján antes de rezar el Ángelus. La 9 de Julio, que pocas veces había visto algo semejante, era ese día una sola voz.

Desde allí se dirigió a Suipacha 1034, donde inauguró la nueva sede de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), almorzó con los obispos y mantuvo un encuentro con el episcopado. La última actividad tuvo lugar en el Teatro Colón, ante representantes de la ciencia y la cultura. Conocedor de la historia argentina, el Papa ponderó la Educación Laica, Gratuita y Obligatoria vigente en el país desde hacía casi un siglo, y la calificó como “una decisión visionaria tomada por las autoridades desde hace mucho tiempo, la de esforzarse por llevar la educación a todos los sectores de la población”.
Desde el Colón partió hacia el aeropuerto de Ezeiza. A las 19.30, a bordo de un Boeing 747 de Aerolíneas Argentinas, emprendió el regreso a Roma. Parecía que aquellos seis días dejarían instalado por un tiempo un clima de paz y unidad, una especie de tregua del alma. Pero tres días después, en el Jueves Santo, estalló la asonada de Semana Santa encabezada por Aldo Rico.



