
Llegaron a la cena convencidos de que estaban a punto de reconociliarse con sus amigos. Antoine Dutoit tenía 36 años; su esposa Suzanne “Nicky” Dutoit, 34. Tocaron el timbre con Emmanuel, el bebé que habían tenido cuatro meses antes y que dormía en su moisés. Era 1º de octubre de 1994, hace exactamente 32 años.
Colette Genoud les abrió la puerta de su casa en Morin-Heights, cerca de Quebec, en Canadá. Ella y su marido, Gerry, los habían invitado a compartir esa noche de sábado. Se habían conocido en la Orden del Templo Solar (OTS), habían sido compañeros de culto esotérico y se habían peleado.
Es que los Dutoit habían sido expulsados de la Orden porque habían decidido concebir un hijo, algo que según la OTS sólo podía hacerse con autorización previa de Joseph Di Mambro, fundador del grupo. Tener un hijo o casarse sin esa autorización era considerado un delito, de acuerdo a las extremas reglas de la OTS. Llegaron a la cena ilusionados con un acercamiento pero los esperaba una emboscada mortal.
Una trampa mortal
La cúpula de la secta que los había expulsado había planificado cada detalle de esa cena. Además de los Genoud, en la casa a la que llegaron los Dutoit estaban también Joël Egger y Dominique Ellaton, dos integrantes de la OTS que habían viajado desde Suiza con el mandato de ejecutar la sentencia de muerte que los invitados desconocían.
La cena transcurrió con serenidad. Nadie le reprochó nada a los Dutoit, que tampoco dijeron nada sobre la distancia que les habían impuesto ante el nacimiento del pequeño Emmanuel. Cuando terminaron de comer, Egger le pidió a Antoine que lo acompañara hasta el sótano porque ahí había varios buenos vinos para elegir.

El sótano era sombrío y alguien había preparado allí un cuchillo y un bate de baseball. Apenas estuvieron allí, Egger le partió el cráneo a Antoine con el bate. Después, le rebanó el cuello y lo ultimó con cincuenta puñaladas.
Colette Genoud, la anfitriona, se levantó de la mesa y avisó que volvería con el postre. “Nicky” Dutoit quedó a merced de Bellaton y de Egger, que subió desde el sótano apenas después de asesinar a Antoine. Entre los dos, se abalanzaron sobre la invitada y le dieron un número premeditado de puñaladas: ocho. La mitad en la espalda, la otra mitad en el tórax. Fueron ocho porque así lo determinaba un ritual numérico sacrificial de la Orden del Templo Solar.
A Emmanuel, el bebé de cuatro meses que acababa de convertirse en huérfano, lo sacaron del moisés y le clavaron seis veces un cuchillo. Después, le atravesaron el tórax con una estaca de madera que quedó clavada en su corazón.
“Un sacrificio ritual”
“Es la reencarnación Anticristo”, les había repetido Joseph Di Mambro, el fundador de la secta, a todos los integrantes. Les hablaba de Emmanuel, el hijo de los Dutoit. Según la teología de la que convencía a sus seguidores, el bebé era una amenaza concreta que había nacido “para destruir el imperio espiritual de la Orden del Templo Solar”. Todo eso, sostenía Di Mambro, era motivo suficiente para ejecutar al bebé en medio de lo que consideraban “un sacrificio ritual”.
La orden la cumplieron Egger y Bellaton, que volvieron a Suiza apenas después de los tres asesinatos salvajes en casa de los Genoud. Los anfitriones pasaron unos tres días limpiando cada mancha de sangre, mientras mantenían escondidos los cadáveres en el mismo sótano en el que había muerto Antoine.
El 4 de octubre, tres días después del múltiple asesinato, los Genoud escribieron sus testamentos y se pusieron túnicas consideradas sacerdotales por la OTS. Tomaron sedantes, activaron una serie de dispositivos incendiarios y se entregaron a la muerte por asfixia por el humo. Los muertos ya eran cinco.
Cerca del apocalipsis
La Orden del Templo Solar había nacido diez años antes de esa cena regada de sangre, en 1984. Se consideraban neotemplarios, rosacrucistas -es decir, herederos de una corriente surgida en el siglo XVII que a su vez decía continuar los rituales más misteriosos del antiguo Egipto- y teosóficos -que combinaban creencias vinculadas al karma, el budismo y el ocultismo. Eran también apocalípticos.
Todo estaba liderado por Di Mambro, francés, joyero y con antecedentes penales por fraude. Lo acompañaba en el liderazgo el homéopata belga Luc Jouret, que predicaba los lineamientos principales de la OTS y que aseguraba ser “la reencarnación de un caballero templario del siglo XII”. La legitimidad total ante los potenciales seguidores llegó cuando se sumó a la secta Michel Tabachnik, un reconocido director de orquesta franco-suizo.
Llegaron a ser más de 440 integrantes entre Francia, Suiza y Canadá. Algunos de esos integrantes eran ejecutivos encumbrados de enormes empresas o herederos de grandes fortunas. Todos vivían convencidos de que el apocalipsis estaba cerca y de que el planeta quedaría destruido. Ante ese “fin del mundo”, los líderes sectarios proclamaban que “la salvación” residía en “el tránsito”.
Ese “tránsito” consistía, para la Orden del Templo Solar, en “un abandono voluntario del cuerpo mediante el fuego sagrado para trasladar las almas a la estrella Sirio”. De esa manera, decían los líderes, las almas se volverían “cuerpos solares” y alcanzarían así la inmortalidad.
Sexo a la fuerza y proyectores para engañar
Di Mambro controlaba y manipulaba totalmente la intimidad de los integrantes de la Orden. Decidía, a través de lo que denominaba “Sexo Mágico” quién se relacionaba con quién, ya que las relaciones sexuales eran, para el culto, una especie de instancia de purificación.
El joyero francés forzaba a sus seguidoras a mantener relaciones sexuales con él, y obligaba a mujeres adultas a mantener relaciones con menores de 14 años, además de armar y desarmar matrimonios como a él se le ocurriera.
Para que sus presentaciones fueran más impactantes y enfervorizaran más a sus seguidores, Di Mambro desplegaba efectos especiales y hologramas de supuestos “Maestros Cósmicos” en las ceremonias que organizaba. Antoine Dutoit, el padre del bebé de cuatro meses ejecutado, había sido el técnico responsable de “construir” los hologramas de la Orden.
Cuando lo echaron del culto por decidir, junto a su esposa, concebir y tener un hijo, Antoine amenazó con revelar que los supuestos “Maestros” no eran más que trucos visuales que se montaban con proyectores. Conocía a la perfección el detrás de escena de esos engaños hacia los seguidores.
A eso se sumó otra máxima tensión entre los Dutoit y Di Mambro. La hija del fundador de la secta era calificada como “niña cósmica” y se llamaba Emmanuelle. Cuando Di Mambro supo que el bebé del hombre de los proyectores se llamaría Emmanuel, estalló: sintió ira y paranoia. Y convirtió todo eso en un mensaje que dispersó entre sus acólitos: el bebé era “el Anticristo encarnado” y su destino debía ser “el exterminio sacrificial”.
La investigación judicial
Un año antes del triple asesinato de los Dutoit, Di Mambro y Jouret fueron imputados por la Justicia de Canadá y de Suiza en una causa por tráfico ilegal de armas, lavado de dinero y malversación de los fondos que entregaban los seguidores de la OTS.

Las investigaciones sobre las cuentas bancarias revelaron que entre ambos líderes manejaban más de 90 millones de dólares. Di Mambro y Jouret se vieron muy cerca de la cárcel y decidieron que lo mejor para ellos y para los seguidores de la secta que encabezaban era el “tránsito” masivo, lo que les permitiría evitar el proceso judicial que avanzaba en su contra.
XXX
Cuatro días después de que los Dutoit fueran asesinados y un día después de que los Genoud se suicidaran, el 5 de octubre de 1994 un incendio alertó a los servicios de emergencia de Cheiry, una pequeña localidad rutal en el cantón suizo de Friburgo. Lo que se incendiaba era la granja La Rochette.
La Policía pudo entrar al lugar después de que los bomberos apagaran el fuego. Encontraron a un hombre tendido sobre una cama: tenía un disparo en la cabeza y una bolsa plástica cubriéndole el cráneo. Se llamaba Albert Giacobino.
La casa de Giacobino, descubrió uno de los policías del operativo, tenía una pared falsa que abría camino hacia un pasillo. Ese pasillo llevaba a un templo subterráneo, octogonal y repleto de espejos. Cuando la Policía entró, encontró una masacre: 22 cadáveres organizados alrededor de un altar cubierto de terciopelo rojo. Había espadas y cálices, y las mismas túnicas ceremoniales que se habían puesto los Genoud para suicidarse.
Las pericias determinaron que 21 de esas 22 personas habían sido ejecutadas, cada una con un tiro en la cabeza. Antes del disparo, habían sido adormecidas con medicación somnífera. Algunas presentaban signos de haber querido defenderse y de que la violencia del ataque se había multiplicado. Esos muertos eran, según la Orden del Templo Solar, “Los Traidores” que la secta había “sacrificado en una purga” antes del “viaje estelar” que esperaban como destino.

La próxima tragedia ocurrió apenas unas horas más tarde, en el cantón de Valais. Se desataron tres incendios al mismo tiempo en tres chalets. Cuando los bomberos inspeccionaron lo que quedaba de esas construcciones, encontraron 25 cadáveres. Entre los muertos estaban Joseph Di Mambro y Luc Jouret, líderes de la OTS, junto a sus familias. En uno de los chalets, los cuerpos formaban una estrella geométricamente perfecta. Las pericias determinaron que esas personas habían recibido inyecciones con drogas anestésicas que les indujeron la muerte.
En todos los incendios, los ejecutores habían instalado sistemas de ignición remota a través de temporizadores telefónicos. Además, había descargas de benceno y combustible que permitirían que el fuego destruyera cualquier prueba. En total, entre Canadá y Suiza habían muerto 53 personas, entre las que se contaban siete niños.
No fueron 54 porque Thierry Huguenin, uno de los seguidores de la secta, escapó con las últimas fuerzas que le quedaban porque el olor a combustible lo alertó sobre lo que se venía. Di Mambro había dispuesto que fueran 54 “sacrificios”, un número directamente vinculado a los 54 caballeros templarios que murieron quemados en el siglo XIV.
“Guerra contra las sectas”
Bill Clinton, el entonces presidente de los Estados Unidos, no tenía idea de qué era ese documento que le habían acercado. Él y varias otras autoridades globales, así como los grandes medios de comunicación del mundo, recibieron al mismo tiempo un manifiesto llamado El Testamento. Di Mambro había ordenado difundirlo en simultáneo con los incendios.
En el texto, la Orden del Templo Solar justificaba los asesinatos como “un tránsito de libertad hacia Sirio frente a la persecución gubernamental”. Según el manifiesto, había tres tipos de “caídos”: los “Traidores”, que habían sido “ajusticiados”, los “Inmortales”, que habían sido “ayudados a morir”, y los “Despiertos”, que se habían suicidado de manera voluntaria.
La conmoción por las 53 muertes que habían planificado los líderes de la Orden del Templo Solar fue global. Los gobiernos de Europa y Norteamérica, donde se habían producido asesinatos, suicidios inducidos y suicidios voluntarios, pusieron en marcha lo que se llamó “guerra contra las sectas”.

Es que los hechos habían demostrado que no se trataba de un “peligro marginal”, como se había considerado hasta ese momento, sino de un riesgo concreto y gravísimo. Los parlamentos de varios países aprobaron leyes destinadas a sancional la manipulación mental coercitiva y el abuso de debilidad.
Michel Tabachnik, el único líder de la Orden del Templo Solar que sobrevivió a la masacre de 1994, fue juzgado en París en 2001. Se lo acusó de participar en una conspiración criminal destinada a promover el suicidio colectivo. La fiscalía aseguró que los escritos esotéricos del director de orquesta, así como sus conferencias públicas, habían servido para adoctrinar a los seguidores de la Orden e inducirlos hacia “el tránsito”.
Sin embargo, Tabachnik fue absuelto en dos instancias judiciales. Se argumentó que no había pruebas jurídicas directas para demostrar que él había incitado directamente las muertes. Todo había ardido en los incendios.



