El problema no es la inteligencia artificial, sino quién entiende antes el conflicto

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Durante años, la discusión pública sobre la inteligencia artificial quedó atrapada en una pregunta demasiado chica: qué empleos van a desaparecer. La pregunta importa, pero no alcanza. El cambio más profundo no está solamente en la automatización de tareas. Está en la velocidad con la que la información, la reputación, los mercados, los expedientes y las decisiones públicas empiezan a moverse al mismo tiempo.

La tecnología no solo acelera procesos. También acelera conflictos. Y cuando un conflicto se acelera, deja de ser un asunto exclusivamente jurídico, comunicacional, político o financiero. Se transforma en un problema de poder, de legitimidad y de conducción estratégica.

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En las últimas semanas leí tres documentos que vienen de mundos muy distintos, pero que ayudan a entender esta nueva etapa.

El primero es Machines of Loving Grace, publicado en octubre de 2024 por Dario Amodei, CEO de Anthropic, en darioamodei.com, donde plantea el potencial extraordinario de una inteligencia artificial poderosa si la humanidad logra administrar adecuadamente sus riesgos.

El segundo es The Adolescence of Technology, publicado por el mismo autor, en enero de 2026, también en darioamodei.com, con una mirada mucho más inquietante sobre los riesgos institucionales, económicos y humanos de sistemas cada vez más autónomos.

El tercero proviene de un lugar completamente distinto: la primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica humanitas, publicada el 25 de mayo y dedicada a “la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”. El documento, fechado el 15 de mayo, coincide con el 135º aniversario de Rerum Novarum.

Dario Amodei, CEO y cofundador de la empresa Anthropic, transmitió en enero de este año su preocupación por los riesgos institucionales, económicos y humanos de sistemas cada vez más autónomos

No menciono esas fuentes como cita ornamental ni como ejercicio académico. Las menciono porque muestran algo más interesante: una empresa líder en inteligencia artificial, un referente central del debate tecnológico y el Vaticano están mirando, desde lenguajes distintos, una misma tensión. La inteligencia artificial dejó de ser un tema de ingenieros. Se convirtió en una discusión sobre poder, libertad, dignidad humana, gobernabilidad y capacidad de reacción institucional.

Amodei utiliza en The Adolescence of Technology una imagen fuerte: la posible aparición de algo parecido a “un país de genios en un data center”. La metáfora obliga a pensar algo incómodo. Una parte del poder contemporáneo ya no se medirá solo por territorio, capital, armas, votos o recursos naturales. También se medirá por capacidad computacional, velocidad de análisis, dominio de información y posibilidad de influir sobre millones de personas en tiempo real.

Ese cambio ya impacta sobre empresas, gobiernos y personas. Una operación digital puede destruir valor económico en una mañana. Una narrativa falsa puede condicionar una decisión judicial antes de que el juez lea toda la prueba. Un audio manipulado puede afectar una campaña política, una negociación empresarial o la estabilidad de una familia. Una crisis privada puede convertirse en un tema público nacional o internacional antes de que los involucrados entiendan qué ocurrió.

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Muchas organizaciones todavía creen que una crisis empieza cuando llega una demanda, una denuncia o una nota periodística. En realidad, en el ecosistema actual, muchas veces el daño empezó antes: cuando se instaló una percepción, cuando cambió la confianza, cuando la conversación pública tomó una dirección difícil de revertir o cuando la velocidad de circulación superó la capacidad de respuesta.

Una parte del poder contemporáneo ya no se medirá solo por territorio, capital, armas, votos o recursos naturales, sino también por su capacidad computacional

Durante décadas, los problemas se abordaron de manera fragmentada. El abogado miraba el expediente. El comunicador miraba la noticia. El consultor político miraba la encuesta. El director financiero miraba el impacto económico. Esa división podía funcionar en un mundo más lento. Hoy se volvió insuficiente. Los conflictos importantes ya no respetan esas fronteras.

Desde hace años, incluso antes de la expansión masiva de la inteligencia artificial, tuve la convicción de que muchos fracasos empresariales, institucionales y personales no provenían solamente de errores jurídicos, sino de la desintegración de la estrategia. Mientras cada área analizaba una parte del problema, el conflicto real avanzaba integrado. Lo que ocurría en tribunales impactaba en los medios. Lo que aparecía en redes condicionaba reputaciones, negociaciones y decisiones políticas. Una crisis comunicacional podía modificar el clima de un expediente. Y muchas veces el daño institucional, económico o humano se producía antes de cualquier resolución judicial.

La inteligencia artificial no creó ese fenómeno. Lo potenció. Lo hizo más rápido, más barato y más difícil de contener. Hoy, una campaña coordinada, un deepfake, una filtración, una acusación viral o una narrativa emocionalmente eficaz pueden producir efectos reales aun antes de ser verificadas. El desmentido llega tarde cuando la percepción ya hizo su trabajo.

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Por eso el expediente ya no alcanza. Sigue siendo central, por supuesto. El derecho importa y las garantías importan. Pero en los conflictos contemporáneos la defensa técnica, si queda aislada, puede llegar tarde. El problema se desarrolla simultáneamente en tribunales, medios, plataformas digitales, mercados, organismos regulatorios, conversaciones políticas y reputaciones personales. Quien no entiende esa simultaneidad corre el riesgo de ganar una discusión jurídica y perder la crisis.

Esto debería preocupar a cualquier directorio. También a cualquier gobierno. La velocidad del ecosistema digital ya modifica condiciones de gobernabilidad, legitimidad institucional y estabilidad económica. No se trata de vivir con miedo a las redes ni de sobreactuar cada crítica. Se trata de distinguir a tiempo entre ruido, amenaza real, operación, error propio, riesgo legal y oportunidad estratégica. Esa diferencia, muchas veces, define si una crisis se administra o se descontrola.

El verdadero valor estará en interpretar antes cómo puede escalar un problema, qué actores intervienen, qué incentivos tienen, qué daño puede producirse, qué batalla debe darse en tribunales, cuál en los medios, cuál en silencio y cuál directamente conviene evitar

Tampoco se trata de mirar la innovación con desconfianza. Las sociedades abiertas, libres y dinámicas son las que mejor aprovechan la tecnología. La inteligencia artificial puede mejorar la medicina, la educación, la productividad, la seguridad y la eficiencia del Estado. El punto no es frenar el cambio, sino comprender que cada salto tecnológico modifica también la forma en que se construyen los conflictos y se disputa la confianza pública.

En este nuevo escenario, el valor profesional ya no estará solamente en responder rápido, redactar mejor o acumular más información. Eso será cada vez más accesible. El verdadero valor estará en interpretar antes cómo puede escalar un problema, qué actores intervienen, qué incentivos tienen, qué daño puede producirse, qué batalla debe darse en tribunales, cuál en los medios, cuál en silencio y cuál directamente conviene evitar.

La tecnología puede ordenar datos, acelerar procesos y multiplicar capacidades. Pero todavía no reemplaza la comprensión humana del miedo, del prestigio, del poder, del timing, de la culpa, de la reputación y de los incentivos que mueven a las personas cuando están bajo presión. Allí sigue estando el centro de las decisiones importantes.

Por eso la discusión sobre la inteligencia artificial, bien entendida, no es una moda tecnológica. Es una advertencia sobre la nueva velocidad del conflicto. Los gobiernos, las empresas y las personas expuestas necesitarán algo más que buenos abogados, buenos comunicadores o buenos técnicos trabajando por separado. Necesitarán miradas capaces de integrar expediente, reputación, información, medios, poder y decisión.

Porque en el mundo que viene y, en gran medida, en el mundo que ya llegó, la pregunta decisiva no será quién tiene más datos. Será quién entiende primero qué significan, cómo pueden escalar y qué debe hacerse antes de que el daño sea irreversible.

Jorge Monastersky es abogado, doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales, con un posgrado en Derecho Procesal Penal Profundizado

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